iLevante

Conozco iLevante desde hace años, cuando aun tenían la sede ubicada en un piso de Valencia, así empezamos todos, ellos tb. Ahora ellos están al lado de mi casa, junto al mercado de abastos, esta tienda con unos precios incluibles y en la que encontraras cualquier cosa relacionada con los videojuegos, aunque también ordenadores, teléfonos móviles, merchandising y una amplia gama de material informático.El caso es que lanza un concurso para bloggers. El sorteo acaba mañana, asi que todavia estais a tiempo de participar. Lanzo la pelota para que la recojan:

Blanco, negro y algunos grises.

Textos y Contextos.

Desde la ignorancia.

No podemos mas.

Valencia Plato.

Yo que nunca tengo suerte para estas cosas... en fin. El martes sabremos quien ha sido el afortunado. Yo la suerte que tengo es que podre ir a recoger la Xbox andando…

Si quieres conocer todos los detalles del concurso y participar (concurso sólo válido para webmasters), por favor, pincha aquí.

El concurso finaliza el 2 de marzo; el sorteo se hará el 3. Hay que enviar un correo a los chicos de iLevante con la URL de tu post del concurso para que puedan ver que cumples todos los requisitos. Y eso es todo.

Personalemente se agradecen estas propuestas en las que se confía plenamente en el poder de los bloggers como medio de publicidad.

Por cierto y ya a modo de curiosidad… el otro dia lei hasta que punto Microsoft plagiaba… que os dice este nombre X box 360. Y mirar el mando de la play.

Resucitar

MANUEL VICENT 01/03/2009 Si es cierto, como lo es, que todo el tiempo que ya hemos vivido es el que ya hemos muerto, cualquier experiencia que nos devuelva al pasado hay que tomarla como una forma de resurrección. Basta con hojear el álbum de fotos. Ese niño con el caballo de cartón, esa chica de la bicicleta, el chaval que aparece con los amigos en un parque, la adolescente con el primer carmín en los labios, el barbudo con la trenca apoyado en el pretil del Sena en París, todas esas criaturas sucesivas que fuimos una vez, ya se las ha tragado la vida. Pertenecen al reino de los muertos. Por fortuna seguimos vivos, porque vivir no es sino flotar cada día en la superficie de nuestro propio abismo. Esta teoría tiene una aplicación práctica. Profetas de toda índole coinciden en diagnosticar la extrema gravedad de la actual crisis económica, pero a la hora de pronosticar qué va a ser de nosotros no se ponen de acuerdo. Los oráculos más pesimistas indican que esta recesión nos va a retrotraer al nivel de vida del final de la posguerra; los más optimistas confían en que podremos vivir como lo hacíamos veinte años atrás. En todo caso, si esto es así, sucederá un hecho feliz: con el regreso al pasado este colapso económico nos va a hacer más jóvenes. El constructor, hoy arruinado, volverá a ser de nuevo aquel barbudo de la trenca con un libro de Sartre en la mano; la chica de amianto abrazada a un motero macarra recuperará la falda de flores y la bicicleta con la que iba a la playa; el ejecutivo de una multinacional en quiebra será otra vez un simple oficinista con la bufanda de felpa cruzada en el pecho; el progresista gastrónomo que adora el faisán lo cambiará por el pollo de Carpanta; el contertulio de la caverna que suelta soflamas incendiarias contra la izquierda recobrará el perfil de leninista sectario de hace unos años. La crisis nos dará la oportunidad de resucitar cada cual en su edad de oro. Bastará con abrir el álbum de fotos y uno podrá elegir a su antojo ser de nuevo el joven que luchaba por cambiar el mundo, o el que todavía creía en Dios, o el que aun no tenía tripa, o el que se arriesgaba por los demás, o el que soñaba con las estrellas compartiendo con su amante un bocadillo de sardinas. Sólo la crisis puede hacer este milagro.

Hermann Hesse. Cómo aprender a volar

MANUEL VICENT

Este escritor flaco, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa devastada.

Hermann Hesse nació el 2 de julio de 1877 en Calw-Württemberg, pequeño lugar de la Suabia, hijo primogénito de un misionero báltico y de una madre, que era hija a su vez de otro misionero en la India, famoso lingüista y erudito. Amamantado en un hogar de pietistas fanáticos, el niño llegó a la adolescencia aplastado por la Biblia. Recibió la primera enseñanza en la escuela misional y en ella los salmos, el órgano y las plegarias constituían su principal sustento, al que se unían las correrías por la pradera donde hablaba con los pájaros, las zambullidas en el lago durante el verano, la verdad aprendida en los duendes del bosque y la amistad con el zapatero, el carnicero y otros sencillos menestrales del pueblo.

Estas excursiones eran su única escapatoria con la que el niño llenaba la imaginación más allá de la férrea educación religiosa a la que estaba sometido. Entre la naturaleza virgen, apenas hollada, y el látigo de la conciencia transcurrieron sus primeros años. La vitalidad del muchacho pronto entró en conflicto con la vida oscura de su familia, que lo había destinado a la iglesia para ser ungido por el Señor; pero, desde el primer momento hasta el final de sus días, Hermann Hesse luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado. "Samuel ungió rey a David, pero el óleo no puede convertirme a mí en rey". Pese a todo, no pudo evitar la inercia clerical de sus padres. Tuvo que estudiar latín, griego, gramática y estilística para preparar el examen de estado de Württemberg con el que podía acceder a la formación gratuita como teólogo evangélico en el seminario de Tubinga. Hermann Hesse fue un pálido adolescente enclaustrado que, entre los húmedos paredones de Maulbronn, no hacía sino recordar la libertad que gozó en su niñez entre los álamos negros y los alisos del lago, el silencio de la nieve en los abetos, la magia de los juegos en la plazuela con otros compañeros, el conocimiento de los animales, las plantas y las estrellas. Después de un largo tiempo de encierro tomó la determinación de huir. Un día saltó la tapia del seminario y volvió a casa con un pequeño equipaje en el que ya no estaba incluida la Biblia, y cuando este adolescente levítico se creía libre, empezó la tortura. Hermann Hesse quería ser escritor o nada, pero esa elección no se alcanza impunemente. Los padres internaron al muchacho en un centro religioso de curación en Bad Boll y, en vista de que no sanaba de sus sueños, lo llevaron ante el afamado exorcista Blumhardt para que le sacara el demonio del cuerpo, como había hecho con otros posesos de la comarca. En medio de ese rito, lejos de echar espuma por la boca, el muchacho imaginaba la rama de abeto iluminada por el sol del verano de donde su cuerpo endemoniado pendería entre el canto de los pájaros o se veía ahogado en el seno del lago cuyas aguas en los días felices de vacaciones habían recibido gloriosamente sus alegres zambullidas coreadas por los gritos de felicidad de sus compañeros. Después de un intento de suicidio, sus padres lo pusieron en manos de un psiquiatra en una clínica de Steten, y la tortura siguió hasta que el joven encontró la salvación por sí mismo en la rebeldía. No sería ungido por Dios, pero sería relojero, bibliotecario o librero, oficios que, bien mirado, también podían ser divinos. Tímido y enamoradizo siempre frustrado, Hermann Hesse comenzó a construirse por sí mismo a través de las lecturas de Heine y de Goethe hasta romper finalmente en poeta. Mientras trabajaba en una fábrica de relojes de Calw o hacía el aprendizaje en una librería de Tubinga o de Basilea, soñaba con saltar ahora la propia tapia y fugarse a Brasil, pero comenzó a escribir poemas, cuentos y novelas como otra forma de huir hacia dentro. Después viajó a Italia, se casó con María Bernoulli y convivió con ella en una casa campesina en Constanza junto al lago. De esa existencia libre en medio de la naturaleza extrajo la parte esencial de su literatura con el culto a los cinco sentidos. El hombre no está aquí para alcanzar la verdad. A este mundo se ha venido sólo a gozar y a sufrir, de modo que la formación del espíritu consiste en elegir los goces más sutiles y combatir los sufrimientos como una frontera. La libertad, el anti-intelectualismo, la sensualidad poética y la salida siempre irónica del escepticismo fueron sus conquistas literarias, y ante la hecatombe bélica que se avecinaba en Alemania en el año 14, Hermann Hesse adoptó también la rebeldía del pacifismo contra el espíritu belicista de sus paisanos. Muchos adolescentes quemados por un ascua interior, que se enfrentaron al horizonte de escombros de la Europa asolada por la Gran Guerra, descubrieron a Hermann Hesse y lo adoptaron como guía espiritual. Desde entonces, este escritor flaco, de delicada estructura ósea, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, con una tensión de ave de presa en el rostro, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa también devastada. En los años sesenta del siglo pasado, cuando los hippies inauguraron diversas rutas hacia los lugares iniciáticos de planeta, en su morral de apache, junto al pequeño alijo de marihuana, llevaban alguno de estos tres libros inevitables, Demian, Siddharta o El lobo estepario, muy manoseados por los vistas de aduanas, en los que Hermann Hesse daba las pautas para sobrevolar toda clase de ruinas sin excluir las que cualquiera lleva en el corazón. Por su parte, este escritor nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse. Viajó a la India, tal vez en busca de una nueva espiritualidad, tal vez para liberarse del doloroso vínculo con sus padres. De esos viajes no se trajo ninguna experiencia que no encontrara en el lago Constanza, una fuerza interior que le serviría para sobrellevar la esquizofrenia de su mujer, la grave enfermedad de uno de sus hijos, otros amores perdidos y el rechazo con que el patriotismo alemán quiso vengar su posición crítica ante la maldad de las guerras. Fue censurado. Su nombre desapareció de los periódicos. Escribió con seudónimo. Adoptó la nacionalidad suiza. Se estableció en Montagnola, condado de Tesino, y en su arduo combate por la libertad de espíritu se derrumbó algunas veces, de cuyo cataclismo nervioso lo sacó el doctor Lang, discípulo de Jung, y la amistad con Thomas Mann, con el que trabó una extensa correspondencia. Durante el nazismo, sus libros ardieron en una plaza de Berlín atizados por la Gestapo, pero al final de la II Guerra Mundial fue coronado por el premio Goethe y con el Nobel. Hermann Hesse murió en 1962 en Montagnola y allí está enterrado. Hasta allí acuden en peregrinación todos los lectores que en las páginas de sus libros aprendieron a volar. Se ha dicho que Hermann Hesse fue viejo en la juventud y joven en su vejez. He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario? -

VACIO

MANUEL VICENT

Montó en el coche de 16 válvulas y primero se palpó los genitales para comprobar que seguían en su sitio, luego acarició el salpicadero para estimularlo como se hace con los caballos, estiró la yugular con un gesto de halcón, puso en marcha el motor y finalmente el tipo arrancó encabritado para convertir la máquina en un arma. Tumbó la aguja a 190 y enseguida montes, valles y sembrados se fundieron con su mente en el cristal del parabrisas. Le bastaba con impulsar un poco la suela del zapato y la máquina obedecía: a cada segundo se tragaba el horizonte con más voracidad. Podía aniquilar a su antojo el tiempo y el espacio, esos dos conceptos estúpidos de la creación; de hecho a 220 por hora el tipo comenzó a sentirse amo del vacío. En plena exaltación decidió hacer un alto en el camino y en cuanto entró en aquel bar de carretera su existencia volvió a llenarse de intrascendentes actos anodinos que pertenecen al resto de los mortales. Bostezó, se rascó una oreja y después de vaciar la vejiga sobre la raja de limón del urinario, escribió el número de su teléfono móvil en la puerta de uno de los retretes. Lo había hecho muchas veces en otros bares de carretera. Mientras tomaba una ración de queso contempló una vitrina repleta de mantecadas, tarros de miel y embutidos de la comarca. Dudó si comprar un chorizo. Ése fue el pensamiento más profundo que tuvo ese día. Miró el reloj. Volvió a montar en el coche, acarició el salpicadero y salió disparado. De nuevo el tiempo y el espacio se constriñeron en un punto, pero ahora el vacío no era distinto de la propia soledad. Si es cierto que un segundo antes de morir se concentra toda la vida en un solo pensamiento, a 220 por hora, antes de ver el camión que se le venía encima, el tipo pensó en el chorizo que estuvo a punto de comprar. Jamás supo si se había salvado del golpe mortal, aunque al llegar a su destino comprobó que los genitales seguían en su sitio. Vivía solo. Su número de teléfono anotado en todos los retretes del camino era su única conexión con el mundo, pero nunca nadie le había llamado. Una vez en casa, el tipo habló con el gato en la cocina y luego se cortó las uñas mirando por la ventana. Como les pasa a muchos, tal vez había muerto y lo ignoraba.

Caceria

Manuel Vicent Un ministro de Justicia de cualquier país, de cualquier ideología, con una escopeta o con un rifle de mira telescópica en la mano, apuntando a un ciervo, a un muflón, a un guarro, a un conejo o a una perdiz es una imagen que le deja a uno desarmado. Si encima ese ministro de Justicia es socialista y se deja fotografiar rodilla en tierra agarrado con orgullo a las cuernas de un venado, que exhibe un balazo en la frente, entonces esa estampa resulta tan grosera que no da otra opción que la de salir corriendo en dirección contraria. Juntos, el ministro Bermejo y el juez Garzón han participado en varias cacerías. Puede que lucieran abrigos con fuelles en las axilas y una pluma en el sombrero, que desayunaran migas con chorizo en compadreo con el resto de la cuadrilla, que entonaran a coro la salve de los monteros antes de la matanza. Basta con este pavoneo para merecer la repulsa de gran parte de los ciudadanos, más allá de que trataran o no de apañar algún mejunje judicial entre animales muertos o de que ofrecieran, como membrillos, una baza política a la derecha. Hay que imaginar al ministro de Justicia con el rifle cargado, bien apalancado en el puesto ante un venado, que se ha destapado entre unos arbustos. A través de la mira telescópica vislumbra en primer plano por un instante sus ojos de terciopelo, su belleza, su inocencia y, no obstante, frente a esa armonía de la naturaleza no duda en apretar el gatillo. Entre gran alborozo recibe la felicitación de los secretarios por ese tiro tan certero y luego marca la culata de la pieza ensangrentada con sus iniciales. No posee un espíritu muy fino el ministro Bermejo si no es no es capaz de percibir que los ciervos que mata, miran antes la boca de su rifle llorando. Hay que imaginar también al juez Garzón ajusticiando con propia mano a unos venados, que han sido cebados entre alambradas sólo para que después unos señoritos de pelo ensortijado se den el gustazo de llenarles de plomo la barriga. El ministro Bermejo y el juez Garzón, juntos o por separado, no deberían matar animales, porque el oficio tan delicado de hacer justicia no encaja en una afición tan violenta y antiestética. Es como ver al ministro de Sanidad totalmente borracho. Ése y no otro es el escándalo.

La amante

MANUEL VICENT Está aquí a mi lado, siempre dispuesta, al alcance de la mano; a veces la acaricio como a una perra, pero no es una perra; tiene la piel ya muy gastada, con algunas señales de golpes que ha recibido en su larga y trajinada existencia; no es especialmente bonita, aunque me complace llevarla conmigo arrastrada con un dedo; juntos hemos corrido muchas aventuras, días de libertad, horas de angustia, inciertas fugas. Está siempre pegada al sillón donde escribo, al pie de la mesa de trabajo; me basta con bajar la mano y acariciar la maleta que me acompaña en todos los viajes. Esta maleta habla. Se trata de una voz secreta que sólo yo puedo oír. De pronto una mañana me dice: "vámonos, levántate y anda". Unas veces su voz es tentadora y otras imperativa. En cualquier caso, cuando la oigo por dentro, obedezco de forma automática. Abro esta pequeña maleta sobre mi cama y la lleno con todo lo que ella exige para complacerme durante el viaje. Desde hace ya muchos años no he hecho otra cosa que seguir sus antojos, que me han llevado a lugares terribles, fabulosos, excitantes e inolvidables. Un día me arrastró hasta el infierno del cólera en el campo de refugiados ruandeses en Tanzania; otro día me llevó a vestíbulos de hoteles fastuosos en las ciudades más fascinantes del planeta, pero también a infectos barracones donde las ratas eran las reinas coronadas. En algunos viajes se comporta todavía como una amante esquiva: es siempre la última en salir por la cinta de equipajes del aeropuerto y me obliga a esperarla hasta que todos los viajeros se han ido y me han dejado solo. Cuando me cree desesperado, al final aparece ella por el túnel y se desliza suavemente por la curva metálica hasta mis brazos. Algunas veces se ha fugado con otro, perdida en espacios inimaginables, pero después de unos días de extravío, al final esta amante siempre ha vuelto a posarse junto a mi sillón de trabajo. Es una maleta ya muy vieja, de color marrón sucio. Durante las travesías por el mundo se han pegado a su piel todos los horrores y placeres, éxitos y fracasos, que ha presenciado, pero en todo caso su interior contiene la libertad y la imaginación que deseo y basta con abrirla para encontrarlas. Por eso la acaricio como a una perra.

Solo humo

MANUEL VICENT Parte de nuestro cerebro está inoculado con los mitos de la Historia Sagrada. Antes de que el uso de razón llegara a ocupar ese bulbo, en él ya se había introducido la serpiente del paraíso y allí duerme todavía. La acompañan otras imágenes indelebles: la quijada de asno de Caín, la zarza ardiente, el puñal de Abraham en la garganta de Isaac, los sueños del faraón interpretados por José, la canastilla de Moisés salvado de las aguas del Nilo, el sol detenido sobre las murallas de Jericó, la figura de Goliat derribado por la honda de David, Salomón y la reina de Saba. En la adolescencia estos mitos fueron sustituidos por alfombras mágicas, lámparas de Aladino, aventuras de Simbad el Marino, corsarios negros, viajes a la luna o al fondo del mar. Cuando estas fábulas perdieron energía nuestro cerebro fue asaltado por un conjunto de héroes grecolatinos, guerreros con faldilla de latón, leones y gladiadores, argonautas en busca del vellocino de oro, la hazaña de Aquiles, los infinitos regresos a Ítaca. Estos mitos forman una espiral de humo y uno tarda mucho en darse cuenta hasta qué punto ese humo, que no es sino un sueño de la imaginación, a la hora de vertebrar el espíritu, es más consistente que las columnas de mármol donde han sido esculpidas todas las doctrinas filosóficas y las amenazas morales. Después llegó un momento en la vida en que Hollywood ocupó el lugar de la torre de Babel; Adán y Eva tomaron la figura de Tarzán y Jane; la zarza ardiente fue Atlanta en llamas iluminando el juramento de Scarlett O'Hara. Se quema cada día en el interior de nuestra conciencia la brasa de todos los cigarrillos que se ha fumado Humphrey Bogart mientras la mirada de gata de Lauren Bacall desafía cualquier clase de metafísica. La Segunda Guerra Mundial son las piernas largas y la boquilla de marfil de Marlene Dietrich y ningún viento de los dioses se puede comparar al que, emergiendo por un respiradero desde las entrañas de Nueva York, le levantó las faldas a Marilyn Monroe. El árbol de la ciencia es hoy el árbol del ahorcado y Caín nada tiene que envidiar a James Dean en su huida al Este del Edén a bordo de un Porsche Spider. Sólo humo son también Brad Pitt y Angelina Jolie como lo fueron todos los arcángeles.

Gertrude Stein. El deber de parecerse al retrato

MANUEL VICENT

Se adornaba con artistas y escritores. Vivió por personas interpuestas, siempre famosas, y quedó como el espejo ineludible donde siguió reflejado para siempre el esplendor bohemio de los tiempos felices de aquel París en el que todo estaba permitido.

Gertrude Stein y su hermana eran todavía unas niñas cuando iban en un tren desde Pensilvania a California y durante el trayecto se asomaron a la ventanilla. En ese momento sucedió un percance y su padre pulsó repetidamente el timbre de la alarma hasta lograr que el convoy se detuviera. Los pasajeros creyeron que había pasado algo muy grave. Todo lo que había sucedido era que a una de sus hijas se le había volado el sombrero. El hombre se apeó y después de caminar media milla lo encontró en un campo de girasoles. La niña recuperó el sombrero, se lo encasquetó en la cabeza y resuelto el problema el tren reemprendió la marcha. Sucesos como éste hicieron que la autoestima de Gertrude Stein tuviera una base muy sólida desde su más tierna niñez.

Habría que preguntarse si uno escribiría ahora sobre la vida de esta mujer si no la hubiera inmortalizado Picasso en un retrato famoso con la mandíbula afilada, precubista, que distaba mucho de parecerse a la realidad, porque Gertrude Stein era entonces una joven de cuerpo macizo, de rostro ancho y de mejillas redondas. "No me parezco en nada", exclamó la modelo. "Tranquila, con el tiempo te acabarás pareciendo", contestó Picasso. Esta frase ha pasado a la historia, aunque realmente lo que el pintor le dijo fue que en adelante era ella la que tenía el deber de parecerse al retrato. Gertrude Stein no cesó hasta conseguirlo. Llegó a París con su hermano Leo, ambos judíos norteamericanos, de origen austriaco, adinerados, huérfanos y viajeros. Ella había estudiado medicina en Baltimore sin terminar la licenciatura de puro aburrimiento; él andaba perdido por Florencia en busca de sensaciones variadas. Hacia 1903 confluyeron en París dispuestos a vivir a fondo la fascinación de los nuevos tiempos; montaron casa en la Rue de Fleurus, 27, en el Barrio Latino, una vivienda con dos plantas que tenía un gran estudio en el jardín y los dos comenzaron ahora a cazar artistas y escritores con que adornar sus vidas de millonarios estetas. Iban con el talonario por delante; sabían lo que se traían entre manos, pero tenían una ventaja, porque en aquellos años los pintores de vanguardia eran buenos y muy baratos; en cambio, los académicos eran malos y muy caros. La primera captura fue Picasso, que entonces vivía todavía con Fernande en el Bateau Lavoir, de la Rue de Ravignan, en Montmartre, calentando la estufa con dibujos, recién salido del hambre de la época azul y entrado ya en la incipiente gloria de la época rosa. Hasta allí llegó Gertrude Stein llevada por su olfato. Ninguno de los dos recordaría después en qué año inició Picasso su retrato, pero la hizo posar más de noventa veces en su estudio y fue en una de aquellas sesiones cuando Gertrude Stein, que había comenzado a escribir, pensó que era posible hacerlo de la misma forma con que el pintor, a la manera de Cézanne, estaba estructurando la realidad en planos yuxtapuestos. Ella trabajaba también en ese momento en un retrato literario de la negra Melanctha, que fue su criada, incluido en su libro Tres vidas y estaba obsesionada en las frases sin armadura interior, en las palabras dislocadas de su sentido, reiterativas, hasta hacerlas profundas e ininteligibles, sólo cohesionadas por distintos significados contradictorios desde el exterior al interior de las cosas. Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, etcétera. Al parecer, según ella, la última rosa ya se había inmiscuido en la primera. Así llegaba Picasso también al alma de la materia. Ninguno de aquellos pintores bohemios y escritores malditos a los que alimentaba tenía el valor de contradecirla. Esta mujer era ahora su propio convoy, como aquel tren de California, que arrancaba y se detenía a su antojo en medio de París, cargado de artistas de vanguardia, a los que manejaba según su humor y eran muchos los que estaban dispuestos a recoger su sombrero, aunque algunas veces se comportaba con ellos como una clueca amorosa, todos alrededor de su falda de pana. Vivía con su secretaria y amante Alice B. Toklas, la gatita, pastelito, bebé, cigalita, como ella la llamaba, y las veladas de los sábados en el estudio de la Rue de Fleurus, 27, comenzaron a hacerse famosas. La voracidad de esta coleccionista no tenía límites. Allí se colgó por primera vez el cuadro de Matisse La joie de vivre, que despertó la envidia de Picasso, quien no cesó de dar la lata hasta lograr que Gertrude Stein se deshiciera de ese cuadro para sustituirlo por Las señoritas de Aviñón. Gertrude Stein basculaba entonces entre estos dos pintores, Picasso y Matisse, que abrieron el compás estético del siglo XX, uno fue el creador de nuevas formas, otro el introductor del color salvaje como formas de sentimiento. Los dos genios se respetaban en público pero se odiaban en secreto y la clueca siempre acababa por poner paz en sus rencillas. Gertrude Stein quería llevar el cubismo a la literatura. Después de las veladas vanguardistas en el estudio de casa, lleno de pintores con sus mujeres o amantes, se guardaba la noche para ella. Escribía hasta que comenzaban a cantar los pájaros. Puede que tuviera más ambición que talento, pero el hecho de ser incomprendida la llenaba de orgullo. Con The making of americans intentó contar con largo aliento de mil páginas la historia de su familia. De pronto vino la guerra. A la Stein y a su amante Alice las sorprendió en Inglaterra. Vadearon la contienda con una estancia feliz en Mallorca y cuando, al llegar la paz, regresaron a París el decorado había cambiado. Matisse estaba en Niza, Picasso en Antibes, Apollinaire había muerto en campaña. En los años veinte Gertrude Stein dejó de adornarse con pintores para hacerlo ahora con escritores. Trabó amistad con Silvia Beach, la propietaria de la librería Shakespeare & Company, y ella comenzó a acarrearle a su estudio literatos norteamericanos, Ezra Pound, Hemingway, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson, pero no el irlandés James Joyce, al que la Stein odiaba, tal vez porque le había arrebatado la fama entre aquel grupo de exquisitos con la literatura experimental que ella buscaba. Era la Generación Perdida, definición literaria que se atribuye a Gertrude Stein. En realidad fue una expresión con que el patrón de un taller reprendió al mecánico, recién llegado de la guerra, que no había sido diligente a la hora de arreglar una avería del Ford T de la escritora. Ella la aplicó a sus amigos, con los que mantenía relaciones tormentosas. Gertrude Stein vivió por personas interpuestas, siempre famosas. De hecho hizo que su autobiografía la firmara su secretaria y amante Alice B. Toklas, como propia, lo que le permitió adornarse sin rubor de todos los elogios imaginables. Después de vivir el éxito en un circuito de conferencias por Norteamérica en 1935, volvió a Francia y por encima de ella y de su amante pasó la II Guerra Mundial. Pudo salvar de la Gestapo milagrosamente su fabulosa colección de pintura. Luego se retiró al campo con su gatita Alice y en 1946 murió en Neuilly-sur-Seine, pero entonces la vanguardia histórica de París ya se había esfumado, porque los norteamericanos se la llevaron a Nueva York como botín de guerra y la figura de Gertrude Stein quedó como el espejo ineludible donde siguió reflejado para siempre el esplendor bohemio de los tiempos felices de aquel París en que todo estaba permitido. De hecho, cuando un cuerpo no cabía en el lienzo se le cortaban las piernas y se pintaban al lado de las orejas. Así escribió también ella. -

Vertigo

MANUEL VICENT Que te dé un vahído después de contemplar una obra de arte se conoce como el síndrome de Stendhal. A este escritor le sucedió en Florencia al salir de la iglesia de la Santa Croce, donde se levantan los mausoleos de mármol de los artistas más insignes del Renacimiento. Ciertamente a algunas personas muy sensibles la belleza les altera el ritmo cardiaco hasta llegar al desmayo, pero a veces el síndrome de Stendhal también conduce al vértigo, a la locura e incluso al crimen y en plena alucinación un esteta se ve impelido por una fuerza interior a acuchillar un cuadro de Rembrandt o a partirle con un martillo la nariz a la Piedad de Miguel Ángel. En uno de los viajes a Grecia presencié una escena estremecedora. Un turista alemán totalmente desnudo y alucinado trataba de arrancar con una gran maza de hierro parte de una columna del Partenón para llevársela de recuerdo a casa. Poseído por un furor divino golpeaba el Partenón y al mismo tiempo parecía destruirse también a sí mismo con el afán de apropiarse de su belleza. A partir de aquel suceso, los municipales de Atenas esparcen cada mañana sacos de esquirlas de mármol por el ágora y la Acrópolis, como el que echa maíz a las gallinas, para que los turistas las recojan creyéndolas antiguas y calmen la fiebre de adornar la estantería con los despojos de aquellas ruinas sagradas. El síndrome de Stendhal se puede producir no sólo frente a una obra de arte sino también con el recuerdo de una playa o de un amor que nos llenó de felicidad en un tiempo ya lejano. Aquel viaje a una Ibiza prehippy de los años cincuenta, la travesía a Formentera en la barcaza La joven Dolores ya desguazada, aquella muchacha de la falda de flores y el rostro soleado apoyada en la borda contra el viento, las calas desnudas a las que nos llevaba la vela latina de un bote compartido con amigos se puede comparar con cualquier obra de arte. Recordar los soles tan azules de la juventud produce una dulce ebriedad como le sucedió a Stendhal, pero también puede llevar al dolor y a la cólera si al volver a aquel paraíso o a aquel cuerpo esplendoroso los descubrimos destruidos. Ahora en Ibiza han construido una autopista para que Stendhal pueda llegar un minuto antes a casa a rascarse una pierna.

Los Jueces

MANUEL VICENT En general un juez es una persona, hombre o mujer, que recién terminada la licenciatura de Derecho, alrededor de los 22 años, no tiene demasiado claro por donde va a orientar su vida. Piensa que podría hacer oposiciones a notarías o a abogacía del Estado, pero si en ese momento le hubiera tocado el gordo de Navidad con una gran descarda de millones tal vez habría montado un bar o una granja de pollos. Salvo raras excepciones, el recién licenciado se decidió a opositar a judicatura por una razón coyuntural, en cualquier caso muy alejada de la vocación sagrada de enderezar los torcidos senderos del mundo a través de la justicia. Puede que necesitara colocarse a como diera lugar, apremiado por la pareja que quería casarse o trató de complacer a su padre, que también pertenecía a la carrera o simplemente se lo jugó a los chinos con los compañeros de la facultad. De hecho, le parecía más fácil ser juez que notario porque la de juez o fiscal era una oposición que se convocaba todos los años con muchas plazas. Se encerró en casa a cal y canto hasta cebarse con cuatrocientos temas del programa sin enterarse de las pasiones que se cocían en la calle, salvo lo que oía por la ventana, y un buen día soltó como un papagayo ante un tribunal la retahíla de artículos del código que había deglutido y de no ser nadie, sin que el elector lo llamara con su voto, pasó por oposición a formar parte de uno de los tres poderes del Estado, el cual le regaló la potestad de meterle a usted en la cárcel o de llevarlo al patíbulo si hubiera pena de muerte. Nadie del tribunal le preguntó a aquel lejano opositor, que hoy por simple escalafón habrá llegado a lo más alto de la magistratura, si era demócrata, beato, conservador o autoritario, pero es evidente que el Estado tiene desprotegido ese flanco por donde puede colarse con ciertas mañas toda clase de enemigos políticos. Aparte de pertenecer a un estamento corporativo lleno de triquiñuelas jurídicas capaces de trabar la maquinaria del gobierno por pura ideología, aquellos opositores pelanas cuyo cargo es vitalicio, pueden sentar en el banquillo al presidente de la nación, decir la última palabra a la hora de interpretar la Constitución e incluso dar un golpe de Estado. Estamos en sus manos.