Batería

MANUEL VICENT EL PAÍS
Usted se cree una persona libre, pero, de hecho, más de la mitad de sus actos a lo largo del día son simples acciones y reacciones mecánicas, que realiza con la conciencia manipulada a distancia. Cualquier conductor ha pasado por esta experiencia. Durante un largo viaje en coche uno puede conducir muchos kilómetros desde el subconsciente. De pronto, como si despertara de un sueño y volviera a la realidad, el conductor cae en la cuenta de que está a punto de llegar a su destino sin haber reparado en algunas ciudades que ha dejado atrás. Pese a esta falta de conciencia el conductor ha cumplido con todas las normas de circulación. Ha puesto el intermitente al adelantar, ha respetado la línea continua, ha guardado las distancias, no ha sobrepasado el límite de velocidad. Realmente ha conducido ejerciendo él mismo de piloto automático, mientras su cerebro estaba en otra parte, ajeno al paisaje que atravesaba. Tal vez había percibido que una abubilla levantaba el vuelo desde un sembrado o que había un perro aplastado en medio de la carretera. Esta experiencia puede aplicarse a todos los aspectos de la conducta humana. Suena el despertador, el ciudadano salta de la cama, se ducha, se afeita o se maquilla, desayuna café con leche y media tostada, sube al coche, se mete en el atasco, llega a la oficina, sonríe al jefe, saluda a los compañeros, revisa los papeles, habla docenas de veces por el móvil, almuerza el plato del día, hay más papeles en el despacho, termina la jornada, cierra el ordenador, se mete en el atasco, el portal, el llavín, la casa, la mujer, el marido, los hijos, la noche, la cena, la televisión, la cama. Y así un año y otro año cumpliendo siempre las reglas con palabras y gestos repetidos frente al vuelo de una abubilla o a la visión de un perro despanzurrado convertidos en el gran acontecimiento de la vida. Un zombi no es exactamente un muerto viviente sino un ser cuya voluntad está poseída por otro. Robot es una palabra checa que significa esclavo. Alguien que es dueño de nuestros actos va tirando de los hilos hasta que de pronto un día uno se encuentra al final del trayecto sin darse cuenta de que ha vivido. Me pregunto en qué parte secreta del cuerpo tenemos la batería.

Juguetes

Desde que una noche, mientras dormías, tres magos de Oriente te dejaron unos juguetes en la oscuridad del salón, ya no te abandonó la secreta necesidad de seguir siendo engañado con tal de que te dejaran jugar el resto de tu vida. Te contaron que unos magos, después de ofrecerle oro, incienso y mirra a Dios, a ti, que no eras nadie, te regalaron un aro, una escopeta con tapón de corcho, un caballo de cartón y unos lápices de colores, marca Alpino. Aunque los juguetes hayan evolucionado desde aquel simple aro a la video-consola, la ficción es la misma. Antes del uso de razón nuestro cerebro fue inoculado con esta ecuación: la ingenuidad equivale a un sueño lleno de regalos. Pero un día en el recreo un niño resabiado te abrió los ojos a la verdad. Esa fue la primera gran caída, el verdadero pecado original y desde entonces uno se ha pasado la vida realizando esfuerzos sobrehumanos para recuperar la gracia de aquel engaño primitivo. "Miénteme, dime que me quieres", le suplicó Joan Crawford a Sterling Hayden en la película Johnny Guitar. Tendrás ese juguete mientras creas en la magia. Miénteme, dime que cabalgando aquel caballo de cartón podré atravesar el horizonte. Miénteme, dime que en algún lugar del mundo existe aquella bicicleta roja que de chaval me llevaba a la playa cuando todavía fingía creer en los reyes magos. Miénteme, dime que con aquella primera pluma estilográfica, ya extraviada, aun podré escribir poemas y libros de viajes, llenos de aventuras. Miénteme, dime que no ha desaparecido de aquel valle el huerto de manzanos donde había vestigios de un altar dedicado a la diosa Diana y que no acabarán nunca aquellos placeres que en la juventud nos hacían inmortales. Miénteme, dime que, desafiando este tiempo sucio, no acabaré agachando la cerviz y tragando al final con todo, sonriendo a los poderosos imbéciles, dando la razón a los que me impidan soñar en ríos incontaminados, en fuentes limpias donde bailan las ninfas en verano bajo la acérrima potencia del sol. Miénteme, dime que con aquella escopeta, que tenía un tapón de corcho, podré abatir todavía un ave del paraíso y llenar de colores tu destino con los lápices Alpino. Miénteme, dime que me quieres. Este es el último juguete de los magos.