Sin Perdon

MANUEL VICENT EL PAÍS
El dictador Franco tenía desarrolladas todas las virtudes del zorro y ninguna del león. Si bien Maquiavelo recomendó al Príncipe un equilibrio entre las dos, Franco en este aspecto estaba muy descompensado. La astucia, la suspicacia, el conocimiento de las flaquezas humanas y el instinto para tender toda clase de trampas eran su fuerte, pero no la nobleza, la magnanimidad, el orgullo y la fortaleza, el sentido del estado, la piedad y el perdón. Cuando cambiaba de gobierno, el dictador siempre se las arreglaba para que poco después hubiera un condenado a muerte. Era la forma de apoderarse de la conciencia de los nuevos ministros, puesto que estaban obligados a firmar solidariamente la sentencia capital en el consejo. Ningún ministro de Franco logró eludir semejante ignominia. Esta misma trampa tendió el dictador a la Iglesia cuando, terminada la guerra civil, comenzó a funcionar en España una metódica y exhautiva maquinaria de picar carne con decenas de miles de republicanos fusilados contra las tapias de los cementerios. Bastaba con que un cura párroco diera la cara por cualquiera de los condenados a muerte para que este salvara el pellejo. Si una autoridad eclesiástica decía a este no, automáticamente el agraciado por esta piedad clerical era apartado del camino del paredón, con lo cual el dictador de forma muy ladina metió a la Iglesia hasta el cuello en aquella carnicería al hacerla partícipe en ella por omisión, silencio, conformismo o miedo. Se dirá que durante la guerra hubo más de diez mil religiosos asesinados y que era una virtud heroica escapar del sentimiento de venganza. Muchos de aquellos mártires fueron arrastrados por una ciega espiral de violencia y habrían sido igualmente sacrificados aunque hubieran renegado de su fe, pero después algunos sacerdotes salvaron de la muerte a muchos republicanos simplemente testificando a su favor. Esos fueron los verdaderos héroes a los que había que beatificar. Por lo demás el dictador, exhibiendo la virtud del zorro y no la del león, logró trincar esta vez la conciencia de los ministros del Señor para hacerlos moralmente copartícipes por omisión en la terrible escabechina. De haber caído con gusto en esa trampa tiene la Iglesia que pedir perdón.

El circo

En el circo moderno a los tigres se les obliga a pasar por el aro y algún domador llega incluso a meter la cabeza en la boca de un león. Contemplar al rey de la selva sarnoso, obediente y temeroso del látigo es uno de los espectáculos más tristes que se pueden dar, tanto o más que el número de los payasos. Aunque muchos espectadores esperan que un día el león se coma al domador, ese rito raramente se cumple; en cambio resulta inquietante imaginar el dolor que existe detrás de la risa del payaso o tal vez el crimen de varios niños enterrados en su jardín, que oculta el cara blanca. En el circo romano no había payasos, ni leones amaestrados ni trapecistas. El espectáculo lo constituían los gladiadores descuartizándose entre sí y las fieras que se desayunaban directamente con cristianos. Excitado por la sangre, el público se saciaba también con el propio y frenético jolgorio y en medio de la carnicería abierta al cielo azul el dedo pulgar del emperador marcaba el destino de los figurantes. Cabe imaginar qué habría pasado si, de pronto, todas las salidas del coliseo romano hubieran sido tapiadas herméticamente, dejando dentro a los espectadores condenados para siempre a asistir al mismo espectáculo. Una vez muertos todos los gladiadores y devorados todos los cristianos, la carne fresca habría sido tomada directamente de las gradas. Ésa es la pesadilla de nuestro tiempo, como la del siglo XX fue la del funcionario Joseph K atrapado en el proceso de Kafka. Hoy el mundo se ha transformado en una inmensa carpa de cristal sin salida alguna y nuestra condena consiste en no poder abandonar nunca el tendido y estar obligados a consumir, repetir, comentar y reproducir inexorablemente las imágenes idiotas, violentas y anodinas, que nos sirve la historia a través de un laberinto de espejos. Todo lo que pasa en el mundo sucede ante nuestros ojos, pero ninguna gran tragedia dura más de un minuto en el telediario. Los trapecistas suelen ser monarcas, políticos, asesinos, cardenales, ladrones y estrellas de cine. Aunque el subconsciente del espectador, para liberarse, pueda desear que en el salto mortal se aplasten contra la pista, nada es peor que sentirse condenados para siempre a asistir a ese espectáculo.

Noviembre

En algunos pueblos marineros existe la costumbre de arrojar flores en alta mar el día de difuntos en homenaje a todos sus náufragos. El mar tiene memoria y puede que ese día recuerde el nombre de todas las almas que se ha tragado. Me gustan los cementerios marinos porque en ellos el aire azul cargado de sal parece penetrar como un don hasta el fondo de las tumbas más cerradas. En el cementerio de la isla de Strómbroli los muertos oyen los cañonazos que emite el volcán cuando vomita fuego con una cadencia medida desde el fondo de los siglos; sienten también el oleaje del mar que eleva montes de espuma hacia sus despojos; perciben igualmente el silencio de los halcones que para cazar atraviesan el espacio, cerrados como una navaja, hasta sumergirse en el agua donde atrapan el pez que han avistado y luego se elevan llevándolo entre las garras para devorarlo sobre una tumba arruinada. En las salvajes islas de Aran, al oeste de Irlanda, contra las losas mortuorias corroídas por el salitre y coronadas con la cruz gaélica, el ventarrón lleno de lluvia dobla sobre los muertos las briznas de anís de forma peremne. En el cementerio de Rabat todas las creencias acaban por diluirse en el mar convertidas en una sola fe, porque las olas azules son todos los dioses al mismo tiempo, que cambian continuamente de forma y sólo exigen ser navegados. El día de difuntos la gente lleva flores a sus muertos. En algunas culturas se establece el rito de ir con comida al cementerio y abrir las cazuelas sobre las lápidas para compartir con los deudos guisos de carne, buñuelos y huesos de santo. Aparte del poema de Paul Valèry, si tuviera que elegir un cementerio marino entre todos los que conozco escogería el mar en sí mismo, que es el que más horizontes abarca. Ayer, día de difuntos, fui a la orilla del mar y lo contemplé como un inmenso ser vivo que alberga las cenizas y la memoria de seres que he amado. Recordé sus nombres. Estos muertos se han convertido en oscuros e invisibles navegantes cuyo espíritu flota sobre las aguas. En la playa había mucha gente desnuda tomando el sol de noviembre y desde el chiringuito llegaba hasta el alma de los muertos un olor de calamares.

El oro de la memoria

En Palermo existen todavía barrios enteros que conservan intactos los destrozos de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Con el paso del tiempo, esa destrucción, acrecentada por el abandono administrativo, ha creado en parte la estética de la ciudad. Un caballero con sombrero borsalino y abrigo oscuro abotonado hasta el cuello caminaba por la acera entre estas modernas ruinas apoyado en su bastón de nudos y empuñadura de plata, desde su casona destartalada de vía Butera hasta la Pasticceria del Massimo, en vía Rugero Settimo, donde desayunaba un café manchado y leía el periódico todas las mañanas. Los camareros sabían que este caballero corpulento, cetrino, un tanto esquivo y desgalichado, era príncipe. Se llamaba Giuseppe Tomasi di Lampedusa.En su camino por el centro de Palermo este príncipe solía pasar por delante del antiguo palacio de su familia, que fue destruido por una bomba en 1943 durante el desembarco de las tropas norteamericanas en Sicilia. Desde entonces permanecía deshabitado. En verano las golondrinas entraban y salían por sus ventanas rotas y en invierno los murciélagos hibernados pendían en racimos de los techos desventrados con frescos llenos de divinidades. En ese palacio, en mitad del siglo XIX, había vivido su bisabuelo, Giulio IV di Lampedusa, un aristócrata astrónomo, y en sus salones hubo grandes bailes y saraos.
Un día de 1954 el polvo dorado de la memoria se apoderó de este paseante devastado de 60 años y en el café Mazzara, antes de que llegaran los amigos con quienes compartía una tertulia a la hora del aperitivo, pidió un negroni con aceitunas verdes, abrió un cuaderno y se puso a escribir una historia, que inició con estas palabras: Nunc et in hora mortis nostrae. Amén. Había terminado ya el rezo del santo rosario. Quien durante media hora había recordado los misterios gloriosos y dolorosos era el príncipe de Salina, un trasunto de la figura de su bisabuelo.
En el café Mazzara este escritor furtivo, sin obra apenas salvo algunos cuentos y un estudio sobre Stendhal, puso el título sobre la tapa del cuaderno, El Gatopardo, y lo guardó en el bolsillo del gabán cuando vio entrar en el establecimiento a su primo, el poeta Lucio Piccolo de Capo d'Orlando, uno de los contertulios. Era el principio de una historia que este aristócrata siciliano iría escribiendo secretamente, durante dos años, en sucesivos bares y hoteles, en el café Caflish, en la terraza de Villa Igiea, en la tartaleta de mármol del restaurante Charlestón, en la Pasticceria de Massimo, a horas muertas, como una oruga que va creando un capullo de oro. Giuseppe Tomasi di Lampedusa había nacido en Palermo el 23 de diciembre de 1896, hijo único del príncipe Giulio María Fabrizio y de Beatrice Mastrogiovani Tasca Filangieri. Hasta ese momento este caballero no había hecho otra cosa que leer detrás de una cortina, en la vastísima biblioteca familiar, bajo el polvillo cernido en el aire por la luz del vitral y el perfume que exhalaban los muebles antiguos. Pese a que fue alistado en la Gran Guerra del 14 y huyó del frente campo a través por toda Italia hasta volver a casa, su única hazaña verdadera desde niño fue la soledad compartida con la lectura de todas las novelas del siglo XIX, inglesas, francesas y rusas. En uno de sus viajes a Londres conoció a la mujer con la que se casaría en 1932, Alexandra Wolf-Stomersee, aristócrata letona y psicoanalista. Durante la ascensión del fascismo en Italia se dejó tentar por su estética, sólo por el lado en que este movimiento se enfrentaba a la burguesía, esa clase social que había arruinado los sueños de la aristocracia en tiempos pasados.
Mientras la literatura italiana estaba poseída por el neorrealismo, este caballero siciliano escribía sólo para complacer a los propios fantasmas de su memoria acerca de un mundo fenecido que ya no interesaba a nadie, de forma que el cuaderno se iba llenando de palacios y jardines, de amores, adulterios, bayonetas y descargas de fusilería real, descritos con adjetivos preciosistas, llenos de la carnalidad del sur, pegados a los sentimientos como los líquenes húmedos se adherían al mármol de las estatuas que adornaban la escalinata de su palacio, una literatura labrada por Stendhal. Era la historia sobre la unificación de Italia, el desembarco de Garibaldi en Sicilia, la pasión del sobrino Tancredi por Angélica, la decadencia de la aristocracia, el príncipe Fabrizio de Salina exponente envejecido de aquella caballería rusticana y la ascensión de la burguesía en la figura de don Calógero, la faz eclesiástica del padre Pirrone basculando entre los dos bandos, un mundo que se pudría como el cadáver de aquel soldado del Quinto Batallón de Cazadores cubierto de hormigas entre el untuoso perfume de las rosas bajo un limonero.
El argumento de El Gatopardo ha penetrado en la imaginación popular a través de la película de Visconti, un pastelón decadente, que ya no resiste el tiempo, pero el verdadero protagonista de esta historia es el propio Lampedusa, quien con un solo libro ha pasado a la posteridad sin haber logrado participar del éxito, una aventura literaria y personal que no está exenta de melancólica belleza.
El manuscrito de El Gatopardo fue humillado en las mesas de los editores de Mondadori y Einaudi, un baldón que ya nunca podrán ahorrarse quienes lo rechazaron. Mientras los responsables de estas editoriales se negaron a publicarlo, Lampedusa moría en Roma, el 23 de julio de 1957, de cáncer de pulmón. Ni el escritor Vitorini, nacido en Siracusa, ni Leonardo Sciascia también siciliano, formados en el marxismo y constituidos ambos en los guardianes del peaje de la cultura reinante entonces en Italia, comprendieron de qué iba esta historia. Creyeron ver en ella un remedo estetizante del pasado aristocrático del propio autor cuando en realidad era el relato profundo del paso del tiempo que se adhiere mediante insondables veladuras al alma humana y la pudre y la renueva continuamente siendo siempre la misma.
De este sentido se dio cuenta el escritor Giorgio Bassani, el autor de El jardín de los Finzi-Contini, quien hizo publicar a sus expensas en la editorial Feltrinelli el manuscrito de Lampedusa, en 1958, y a partir de ese momento El Gatopardo, ese felino rampante que decoraba el escudo, el sello y la vajilla del príncipe Salina, se abatió sobre los escaparates de todas las librerías.
Escribir una sola novela, irse al otro mundo sin conseguir publicarla, ahorrarse la neurosis de las ventas y pasar a la posteridad juntos el libro y tu alma, en eso consiste la verdadera gloria sin aditamentos impuros. Durante un viaje a Palermo quise seguir el rastro de Lampedusa. Villa Salina era una ruina llena de hierbajos detrás de una tapia color almagra en el barrio de Mondello. El palacio, los cafés donde escribía, los lugares que visitaba habían desaparecido. También de eso se ha salvado Lampedusa. En Palermo sólo es oro su memoria. -