Tertulia

Luís Buñuel dejó dicho que después de muerto le gustaría salir del sepulcro cada diez años para comprar el periódico, leerlo en el velador de un café y una vez enterado de lo que pasaba por aquí, volver de nuevo a la tumba. Todos tenemos un designio secreto para la eternidad. Unos prefieren la absoluta oscuridad de la nada, conscientes de que si en la otra parte de la tapia existe algo, sin duda, será mucho peor de lo que ofrece este mundo. Algunos señoritos esperan que el cielo sea una prolongación de la finca de caza que poseen en la tierra, en la que ciertos bienaventurados se hayan convertido en venados de catorce puntas y los ángeles en perdices blancas a merced de sus rifles y escopetas. Muchos se conformarían con que el más allá fuera un lugar bueno o malo, pero donde se pudiera aparcar. A otros no les importaría ir al infierno si allí hubiera un garito de jazz y el fuego no licuara el hielo del whisky que uno podría tomar oyendo en directo a Charlie Parker. Por mi parte estaría dispuesto a acelerar el tránsito hacia el otro lado si en algún punto del universo pudiera montar a mi gusto una tertulia con amigos muy escogidos, inteligentes y simpáticos, entre los que, por supuesto, estaría Buñuel. La peña tendría algunas reglas. No se le preguntaría a nadie si estaba vivo o muerto, si había sido ya juzgado, salvado o condenado. Cada contertulio se sentaría a la mesa con la única condición de que se tomara la eternidad con buen humor y mucha calma. Durante cuarenta años he pertenecido a una tertulia de cómicos, periodistas, jueces, pintores y algunos fantasmas. Cada uno traía noticias de su oficio y con ellas se formaba una realidad poliédrica de teatros, tribunales, periódicos, pinturas y fantasías, sin otra esperanza que la de seguir hablando sentados hasta el final de la vida. Sería muy divertido continuar con esta tradición en el otro mundo. Unos llegarían con noticias del paraíso, otros con la experiencia del fuego eterno. La última novedad, llena de glamour, sería siempre la que se produjera cada noche en el espectáculo del infierno, aunque cada diez años se esperaría a que Buñuel regresara de la tierra con el periódico leído. Puesto que en la eternidad el tiempo se comprime en la punta de una aguja, cualquier catástrofe futura ya habría sucedido. Ninguna noticia de sangre o de estupidez acaecida en nuestro planeta tendría allí el menor interés, pero todos los contertulios guardarían silencio cuando Buñuel diera los resultados de las ligas de fútbol.
MANUEL VICENT

Arqueología

Una secuencia clásica de cine negro consiste en meter directamente un fiambre en una hormigonera y arrojarlo al fondo de los cimientos de un edificio para deshacerse del cuerpo del delito. Algunos de estos cadáveres han servido de fundamento a muchos rascacielos de Chicago. Como las semillas que, una vez sembradas, se pudren y germinan, es posible imaginar que estos muertos comienzan a desarrollar en el aire enormes vástagos de hormigón, estructuras de hierro, escaleras, tabiques y ascensores. Los ciudadanos que luego habitan estos apartamentos y oficinas ignoran que en el subsuelo de sus vidas, como una forma de subconsciente, hay un muerto con los ojos abiertos vigilando sus sueños. Durante una excavación de tierras para construir una urbanización en la costa del Mediterráneo apareció un sarcófago cuyo interior no se sabe qué secreto guardaba porque enseguida fue cubierto de cemento. Según contó después uno de los obreros, el sarcófago contenía una lápida de mármol con inscripciones para él desconocidas y alrededor había fragmentos de columnas, mosaicos y esculturas decapitadas. Se trataba de la tumba de un prócer romano, tal vez de un mafioso de entonces. Sobre este yacimiento comenzó a crecer una colonia de chalés adosados y seis bloques de pisos hasta cubrir la ladera de una montaña. Los restos arqueológicos son los peores enemigos de ciertos constructores. Basta con que salga a la luz unos adobes medievales en unos fundamentos para que haya que paralizar las obras. Hasta ahora sólo la arqueología ha sido capaz de detener algunas veces la codicia, pero ante la posibilidad de que el negocio se esfumara el promotor de esta colonia de adosados mandó echar cemento encima de la tumba sin dar cuenta de ese descubrimiento y siguió adelante. Ante el resultado de la construcción pensé: en Chicago, bajo el reinado de Dillinger y Capone los criminales sepultados en los cimientos engendraron edificios de Louis Sullivan, de Frank Lloyd Wright y de Mies Van der Rohe, que son ejemplos estelares de la arquitectura contemporánea; en cambio, en el Mediterráneo los dioses de mármol criminalmente enterrados sólo han generado paredones de ladrillo de una brutal ordinariez, que te obligan a ver el mar a través de los calzoncillos del vecino tendidos en la terraza. No se trata de ningún misterio de cine negro. La diferencia estriba en que los alcaldes corruptos de Chicago, pese a todo, tenían buen gusto y nuestros mafiosos son unos simples patanes.

Bastión del periodismo libre

Cuando en medio de la convulsión social por la muerte de Franco hubo que apostar por el futuro político de España , Jesús de Polanco puso su resto en uno de los dos tapetes, el de la libertad a toda costa. En aquel momento, más aún que el dinero, era muy azaroso arriesgar las ideas, pero Polanco no dudó en elegir como suyo el espíritu orteguiano y de la Institución Libre de Enseñanza, que después de la guerra civil había quedado en suspensión en el aire desde los tiempos del regeneracionismo. En este destino reunió a su alrededor a cuantos intelectuales, periodistas, artistas y capitanes de empresa se reconocían a si mismos en una España democrática, europeista, abierta a todos los avances de la ciencia y de la cultura. Su postura en el tapete obtuvo un pleno rotundo y a este éxito se sumaron en seguida los millones de lectores de El PAIS, que Jesús de Polanco contribuyó significativamente a fundar.Como es lógico en esta España de banderías y odios cainitas, un personaje como Polanco no iba a quedar sin los consabidos navajazos. Si aquí no se le perdona a nadie una victoria redoblaba, menos aun se tolera si el triunfo personal, como el de Jesús de Polanco , se debe a haberse convertido en un abanderado del periodismo independiente y de la cultura libre en medio de una España progresista que se debate todavía contra los vestigios de la caverna. Con esa gloria se irá a la posteridad, la de haber sido perseguido y vituperado, no por la competencia económica de los medios de comunicación, cosa normal, sino por quienes le consideraban la punta de lanza de una empresa ideológica a la altura de los tiempos. Otros muchos le llorarán. En este bando estarán siempre los que le deben su esfuerzo por conseguir un país abierto, tolerante y libre.

Jovenes

Los jóvenes que se han examinado este año de selectividad nacieron con el Internet, con el móvil, el MP3, el CD, el GPS, el chat y la play-station. A través de la yema de los dedos sobre los distintos teclados su sistema nervioso se prolonga en el universo. En el mundo ya no había muro de Berlín ni comunismo ni guerra fría cuando tomaban la primera papilla, pero al pasar del triciclo a la bicicleta se encontraron con la globalización, con el terrorismo planetario y con los patines de dos ruedas. No saben qué es la mili. Muchos aprendieron inglés en Inglaterra y realizaron intercambios con chicas y chicos de otros países. Los más concienciados aman la naturaleza, son sensibles al ahorro de energía, se molestan en buscar una papelera antes de tirar un envase en el suelo, rechazan la comida basura e incluso cierran bien el grifo del fregadero. Los más descerebrados se excitan cada sábado en el albañal del botellón. Sus padres en la manifestación de izquierdas corearon el pareado: el pueblo unido jamás será vencido. Ellos sólo cantan el oe, oe, oeee al final del partido, cualquiera que sea su ideología. Ese cántico es el himno del siglo XXI, acompañado con la imagen de las Torres Gemelas ardiendo. Esta nueva promoción de universitarios conoció el amor ya en tiempos del sida y aunque en el colegio les explicaron cómo se usa el preservativo, a la mayoría no les da tiempo de ponérselo. Su horizonte es el genoma humano, que comparten con la marca Nike, y si sus padres se estremecieron con Maradona, Cruyff y Butragueño, ellos adoran a Nadal, Fernando Alonso y Pau Gasol. No les interesa la política, les suena vagamente el nombre de un tal Felipe González, no leen periódicos, tienen una idea muy fragmentaria de la cultura, pero cuando un tema les apasiona, deporte, cine, informática o música, lo conocen hasta el fondo, abastecidos por una información exhaustiva. Existen algunos síntomas que indican que ya tienes muy poco que ver con los nuevos jóvenes. Si sabes quién era Angela Channing, si has llegado a ver la tele en blanco y negro, si estás todavía con la marihuana o la cocaína y no con las drogas de diseño, si conociste a John Travolta sin tripa, si aún piensas en pesetas al hacer las cuentas, si tu sobrino sabe más que tú de ordenadores, si te cabreas porque tu hija deja el bote de champú abierto, si cuelgas la toalla en su sitio después de ducharte, si te acuerdas de Michael Jackson de cuando era negro, cualquiera de estas señales indican que comienzas a hacerte viejo.
MANUEL VICENT EL PAÍS 01-07-2007