Ser Joven

MANUEL VICENT EL PAÍS A cualquier edad, ser joven consiste en gozar de una salud aceptable y tener proyectos. No valen de nada esos retos que uno se impone a sí mismo el primero de enero todos los años. Me gustaría saber cuántos de aquellos sesentones que ese día, de buena mañana, se echaron a la calle a hacer footing siguen vivos todavía. Ser joven a cualquier edad consiste en creer que se puede ser héroe sin necesidad de someterse a una dieta de pepitas de calabaza para perder la tripa. Incluso cuando se es muy viejo, uno tiene todavía grandes cosas que hacer; por ejemplo, morirse o, en su defecto, subir al Himalaya. Normalmente, el Everest se escala en una sola ocasión en la vida; en cambio, hay gente pesada que no para de morirse todos los días, una y otra vez. Largarse de este mundo es un gran proyecto que hay que mimar mucho para que salga bien a la primera, pero, mientras no llegue la hora de esa gran escalada, existe la obligación de meterse en charcos y complicarse la existencia si uno quiere estar vivo a cualquier edad. Los atlantes fueron unos héroes mitológicos que con sus propios brazos separaron el cielo de la tierra, lo elevaron a la estratosfera y todavía lo sostienen sobre sus espaldas. Frente a ese mito, la máxima hazaña que puede hoy realizar cualquiera consiste en cargar con el horizonte, como si se tratara de un decorado de teatro, y montarlo un poco más allá, siempre a tres meses de distancia, y ante él representar la obra de su propia vida simulando las más altas pasiones. Por mi parte, tengo la gran aspiración de llegar sano y salvo a la próxima primavera. Si logro alcanzar ese horizonte, lo cargaré de nuevo al hombro para plantarlo en el verano. Frente al decorado de cada estación del año, la vida puede cobrar una intensidad insospechada. De pronto, regar la maceta del geranio o cambiarle el agua al canario adquieren una dimensión planetaria; aporrear el tabique para que el vecino baje la radio redime toda una historia de cobardía; excitarse viendo cómo se desnuda la chica en la ventana de enfrente supone una aventura más fuerte que enamorar a una diva y pasearla de la mano por los templos de Luxor, como un hortera. Basta con pegar la nariz al horizonte para que te conviertas en un joven lleno de hazañas.

Dorothy Parker: el humo de lejanas fiestas

En el bar clandestino Jack and Charlie donde corrían ríos de alcohol durante la Ley Seca, Dorothy Parker se sentó en el taburete de la barra y encendió un chesterfield. "¿Qué desea tomar?", le preguntó el camarero. La escritora contestó: "No más catástrofes". En mitad de su vida tormentosa Dorothy Parker había descubierto que el paganismo tenía un error fundamental. "Bebe y baila, ríe y miente, ama, toda la tumultuosa noche, porque mañana habremos de morir", había escrito en uno de sus poemas, pero ella no lograba morirse, pese a haberlo intentado dos veces hasta ese momento, una cortándose las venas con la cuchilla de afeitar y otra con una sobredosis de Veronal. Quien no conociera su frustrado galope interior podría pensar que no tenía razones para largarse de este mundo, ya que entonces aún era la reina de un grupo de exquisitos y privilegiados intelectuales, periodistas, críticos literarios y actores neoyorquinos, que en los años de entreguerras tenía asiento en la Mesa Redonda del hotel Algonquin, en un almuerzo diario seguido de una tertulia hasta media tarde, donde ella hizo famosa su lengua mordaz.Eran los tiempos en que los crupieres en los garitos de Nueva York llevaban sombrero de copa con una gardenia en el ojal y los caballeros estrenaban pantalones con pliegues en la cintura y lucían los primeros borsalinos de ala blanda. La revista Vanity Fair dictaba la moda y Dorothy Parker publicaba allí relatos y poemas, y además llevaba la crítica teatral de forma desconcertante y divertida, con la acidez precisa para ser temida y halagada por sus propias víctimas. Había tomado el apellido de su primer marido, Eddie Parker, un corredor de Bolsa tempranamente alcoholizado, vástago de prestes presbiterianos, muerto por sobredosis de otras pastillas. Ella se apellidaba Rothschild. Nada que ver con los famosos banqueros. Su padre era un sastre judío, rico de medio pelo con ínfulas, casado con una gentil de buena familia, que se permitía el lujo de veranear en Long Island junto a las mansiones de algunos magnates. Durante las vacaciones de 1893 allí nació Dorothy. Era, pues, medio judía y medio neoyorquina. Todos los veranos sus padres volvían a esa playa y allí comenzó ella a escribir los primeros poemas, allí inició sus gracias malvadas y allí creció. Si su cuerpo no sobrepasó el metro y medio de altura, en cambio no hubo nadie con la lengua más larga. Muy joven todavía, Dorothy Parker emprendió una galopante agonía hacia la seducción: beber, abrirse paso hacia la gloria picando como una avispa, superarse a sí misma con salidas inteligentes y malignas, repartir su amor a partes iguales entre sus perros, maridos y amantes, despreciar a los ricos pero desear su dinero, matarse por estar donde había que estar en el momento oportuno, acostumbrarse a escribir con resaca y esperar que el whisky prohibido fuera escocés no adulterado, ése fue su fuego por dentro y así todos los días, incapaz de no verse siempre rodeada de amigos, hasta abrasarse al pie de su propio altar al final de la madrugada. Los ejemplares divinos de Nueva York pasaban por la tertulia del hotel Algonquin, en el 59 de la calle 44, Oeste, de modo que Dorothy terminó por vivir allí en una suite donde sus amantes entraban y salían como si se tratara de una oficina de Correos. Hubo unos años de esplendor en que esta mujer estaba en la boca de todos. El público repetía sus ocurrencias. Su vida siempre estuvo por encima de su obra, pero ella fue un punto de unión entre los personajes y escritores del momento. En sus viajes y regresos, con amantes o sin ellos, en esta escritora confluían Hemingway, Scott Fitzgerald, Faulkner, Dashiell Hammett, Hollywood al final del cine mudo, la época dorada de Montparnasse o las vacaciones en la Riviera, siempre invitada por amigos ricos que necesitaban de su ingenio en la sobremesa o en las copas en los sillones de mimbre de los jardines para sentirse maravillosos, malvados y evanescentes. Un día se cruzó en el boulevard Saint Germain con James Joyce y al verlo andar tan cabizbajo comentó: "Me figuro que tiene que tener miedo a que se le caiga una perla". De las fiestas en la mansión del magnate Swope en Long Island sacó Scott Fitzgerald los personajes de la novela El Gran Gatsby. Allí estaba Dorothy Parker y algunos de esos personajes habían pasado por su cama. De la misma forma que dilapidaba la vida comportándose como un chico travieso, así derramaba también su literatura. Sembró de relatos y poemas todas las revistas que merecían su talento, Vanity Fair, Vogue, Life, Harper's, The Saturday Evening Post, Esquire, pero fue en The New Yorker, del que era accionista, donde se vació entera desde el primer número. Un día se puso de rodillas y rezó: "Dios querido, te ruego que hagas que deje de escribir como una mujer". Sus letras dieron glamour a canciones de Irving Berlin y Cole Porter. La primera grabación de la orquesta de Glenn Miller, en 1932, era uno de sus poemas titulado: "Cómo iba yo a saber que esta felicidad era el amor". Y en Hollywood escribió guiones a tanto la página en los boxes de la MGM desafiando a alcohol duro a los grandes borrachos cuando Scott Fitzgerald, convertido en una ruina, sólo bebía cocacola para purgarse. Aunque parecía una frívola, siempre con un lulú en brazos, dispuesta a continuar siendo aquella niñita judía tan lista, que soñaba con beber champaña en un lupanar, nunca dejó de ser una radical, lo mismo en el placer que en la justicia. A raíz de la ejecución de los anarquistas Sacco y Vanzetti, en 1927, se la vio por las calles de Boston junto a John Dos Passos en un acto de protesta cantando la Internacional con falda bordada y bufanda de seda. Años antes había realizado desde París una descubierta por España en compañía de la tropa de Hemingway, pero su estómago no estaba preparado para platos tan fuertes. Vomitó en una corrida de toros, se compadeció de la miseria que veía y se volvió a Montparnasse, pero poco después ya era una activista de izquierdas y en plena Guerra Civil volvió a Madrid con su nuevo y último marido, Alan Campbell, escritor de segunda, a visitar hospitales de sangre, a compartir cigarrillos y obuses con los milicianos en Valencia. No tanto sufrir como dejar de disfrutar, se decía viendo el final reflejado en el espejo del alcohol. Aquellos seres divinos de la Mesa Redonda del hotel Algonquin habían muerto y ella se quedó sola. Un miércoles,7 de junio de 1967, dejó de existir de un ataque al corazón, en la soledad de un hotel, en Nueva York, junto a su perro Troy. Los 20.000 dólares que le quedaban los dejó en herencia a Martín Luther King. Sus cenizas fueron esparcidas en el jardín de una villa de Long Island, donde sólo quedaba el humo de lejanas fiestas.

Albelda

MANUEL VICENT EL PAÍS
Cada equipo de fútbol, durante una época determinada, genera un jugador cuyo espíritu sintetiza el sueño colectivo de la tribu. En el Valencia FC este jugador ha sido David Albelda. Más allá de la convulsión de las gradas y de los negocios redondos del palco, el fútbol lo desarrollan unos deportistas sobre una geometría muy pura: el balón es una esfera, el césped está trasquilado por planos paralelos, unas líneas rectas definen el espacio y las áreas del campo, las porterías tienen cuatro ángulos, la red forma cuadrados y existe un punto por antonomasia que es el de penalti. Sobre esta geometría euclidiana se agitan los músculos, el corazón y el cerebro de unos atletas con el único afán de la gloria, pero los dioses son muy caprichosos y entre once eligen sólo a uno para que asuma las prerrogativas del héroe y se concentren en él todas las pasiones del público. Entre la directiva del club y ese ídolo se establece una distancia oscura, misteriosa, insalvable. Lo que ha sucedido en el equipo del Valencia ha sido que un presidente de muy pocas luces en la mollera pero cuyo trasero apenas cabe en la butaca del palco, ha creído que por el hecho de ser propietario del club podía salvar la distancia infinita que separa el dinero de la magia para menoscabar o humillar a un héroe por una venganza personal o por otra cuestión privada cualquiera. David Albelda ha sido parte fundamental durante años del espíritu del Valencia, el que ha cohesionado el equipo. Cuando ese espíritu se rompe todo se quiebra, porque entonces la geometría pura del campo abandona la imaginación de los jugadores, llena de caos todas las mentes y convierte el césped mentolado en una selva. Un presidente ahíto de dinero de papá, que te da la mano con sólo tres dedos a la hora de saludar, preside los partidos de su equipo con la mirada perdida. No le interesa nada de lo que sucede en el campo. Está pensando en otros negocios. De hecho, mientras los jugadores se agitan por el césped, él ya ve el Mestalla convertido en pisos de lujo y los billetes lloviendo en otro campo. Este señorón, al que los dioses confundan, se ha atrevido a profanar a David Albelda, al ídolo de la tribu, sin saber las fuerzas oscuras que ha destapado.

Gran guerra

Detener las taladradoras que perforan el túnel para que duerman tranquilos unos murciélagos hibernados, enarbolar una bandera blanca con la garra de un lince, he aquí la misión de los nuevos soldados. Éste es ya un combate a dos, una guerra a muerte entre la humanidad y el planeta. Ningún terremoto resiste tres telediarios si no ha causado al menos 10.000 muertos. El mar entra en tierra y en una hora se engulle a medio millón de personas. Los ríos se salen de madre y anegan con furia todo lo que encuentran a su paso, campos, enseres y animales. Estos desastres han sucedido siempre, pero los zarpazos que da la naturaleza son cada vez más violentos y parece que los realiza ya en defensa propia, agónicamente. El planeta tiene conciencia, memoria y sentidos. Sabe que la humanidad posee las armas para destruirlo y que está dispuesta a llevar esta guerra hasta el mutuo exterminio. Desde el día en que el mono cayó del árbol, se puso a dos patas, cambió las nueces por la carne y generó la propia inteligencia rascándose las axilas, este ser no ha dejado de arramblar con todo, sin que haya encontrado la forma de estarse quieto un solo instante. Encima, cuando la divinidad entró en la historia, lejos de aplacar esta ansiedad corrosiva, insufló en el cerebro del primate la gloria y la destrucción en un mismo concepto con el fin de que lograra la hazaña de llegar hasta el fondo desconocido de todas las cosas. Este designio se ha cumplido y ahora mismo la humanidad parece también un mar desbordado. Vayas donde vayas, montañas, valles, ciudades, litorales, carreteras, aeropuertos, todo está lleno de gente deglutiendo y echando ponzoña al firmamento. Las playas apelmazadas de carne sonrosada son el símbolo del terror que viene. Se trata del tsunami humano. La multitud desborda todos los espacios con inmensas colas estáticas en museos, espectáculos, estadios, hospitales, hasta el punto que el vacío ha llegado a convertirse en la suprema aspiración de serenidad y de belleza. La naturaleza y la humanidad ocupan dos frentes ideológicos irreconciliables. La naturaleza es de izquierdas. La humanidad es de extrema derecha. Ser progresista consiste hoy en ponerse de parte del planeta en esta guerra a muerte.

Replicantes

El deseo de revolucionar el mundo y de cambiar radicalmente el curso de la humanidad no ha cesado de excitar el cerebro humano desde el inicio de la historia. Pero este sueño que no alcanzaron los ejércitos de Alejandro, ni las legiones romanas, ni el imperio de los Papas, ni los caballos de Atila, ni la conquista de América, ni la Revolución Francesa, ni el asalto del Palacio de Invierno, ni las divisiones acorazadas de Hitler, ni la bomba atómica, finalmente lo ha conseguido un simple electrodoméstico, que entró en nuestra vida a mitad del XX junto con el frigorífico, el lavavajillas y la lavadora de ropa. Estos aparatos fueron instalados en la cocina para satisfacernos el estómago y limpiar nuestras miserias, pero hubo uno, el televisor, que fue entronizado en la parte más noble del salón e incluso fue llevado amorosamente en brazos hasta la intimidad del dormitorio. Muchas personas sencillas le pusieron cortinillas como al sagrario y lo adornaron con flores de plástico, intuyendo que dentro se ocultaba un poder trascendente. Este electrodoméstico, en teoría, había sido inventado para desarrollar nuestro espíritu. Parecía un juguete insólito e inofensivo, pero pasada una primera etapa de inocencia, ha terminado transformándose en un monstruo, que se ha apoderado del alma humana y la ha disuelto en imágenes hasta destruirla por completo, dejando a los espectadores convertidos en simples replicantes, como los seres extraplanetarios de la película Blade Runner. Existir consiste en ver y en ser visto, dijo el filósofo Berkeley. Sólo son reales las cosas que son percibidas. Según Platón, las esferas celestes están pobladas de ideas sintéticas a priori y los humanos no somos sino encarnaciones físicas de esas ideas e imágenes, de tal forma que al desaparecer este mundo sólo permanecerán expandidas eternamente por el universo, más allá de Orión, las imágenes que el televisor ha vomitado y ellas serán, como ahora, nuestra única existencia. Somos replicantes con fecha fija de caducidad, pero todavía quedan resistentes. En casa de un escritor sonó el teléfono. Le llamaban de una cadena de televisión para proponerle una entrevista. El escritor exclamó: "Espere un momento y le atenderá mi lavavajillas".