La Marca

Antes de que el niño llegue al uso de razón, su cerebro ya ha sido inoculado con todos los elementos fundamentales de los que no podrá desprenderse a lo largo de la vida. La papilla de cereales irá acompañada con canciones de cuna, que hablarán de ángeles, nubes blancas y dulces sueños, con palabras pronunciadas en una lengua que ya será para siempre indeleble. Éste es el primer ingrediente de la magdalena de Proust. De las cuatro esquinas de la cama los ángeles saltarán directamente al fondo del subconsciente de la criatura y enseguida llegará también la figura del demonio junto con el miedo a la oscuridad. El complejo de Edipo o de Electra comenzará a desarrollarse cuando un desconocido la tome en brazos y le pregunte a quién quiere más, a papá o a mamá, exigiéndole una respuesta súbita. El árbol de la ciencia del bien y del mal a cuya sombra germinará la inteligencia, está lejos todavía. Durante los primeros siete años, el cerebro del niño se halla a merced de todas las sensaciones y con ellas la magdalena de Proust irá tomando condimento, volumen y perfume. Las lecciones del catecismo, las caricias maternales, el pan de la alacena, las primeras advertencias del padre, el fuego del infierno, el aprender a atarse los zapatos, el volteo de campanas, la historia sagrada, los primeros juegos, los símbolos de la patria, las banderas, el equipo de fútbol, los himnos, los cuadernos, el primer castigo, el álbum de cromos, los escudos, el primer premio, el amor de los hermanos, las primeras lágrimas, la tarta de chocolate de cumpleaños y envuelto en papel de regalo, Dios propiamente dicho formando el sabor de la magdalena de Proust, que un día lejano ascenderá a la superficie mojada con camomila. La Iglesia considera que este territorio le pertenece por derecho divino, no está dispuesta a negociarlo con nadie y lo defiende a cara de perro contra el Estado. Aparte del negocio de la enseñanza, la Iglesia sabe muy bien que cualquier sensación irracional que se acuñe en la virginidad de la conciencia se convertirá en una marca imborrable. Cuando la inteligencia ocupe el córtex del cerebro y el individuo trate de desmontar todas las piezas que constituyen su espíritu, le será imposible separar la razón y la creencia, la educación y la memoria. A la Iglesia le importa muy poco lo que aquel niño haga a lo largo de la vida, porque está segura de que en una tarde de melancolía le emergerá Dios dentro de una magdalena y al final, aunque solo sea como cadáver, espera que vuelva al templo.
MANUEL VICENT EL PAÍS

El Tigre

Durante una tempestad que se desencadenó de repente en mitad de la sabana, un tigre fue alcanzado de lleno por un rayo, y entre los dos se produjo una gran confusión de luz, pero lejos de matarlo o herirlo la descarga eléctrica sólo trazó sobre la piel del tigre una nueva raya. A partir de ese momento fue un tigre con una raya de más, color fuego, que se veía brillando a mucha distancia. Si este felino tuviera vida interior, semejante suceso podría ser entendido como una gran conquista de su espíritu. Gracias a su poder de concentración para enfrentarse a todos los peligros había sido capaz de neutralizar la fuerza del rayo, un hecho del que podía sentirse muy orgulloso. Sabiéndolo diferente, todas las fieras de su misma especie, incluidos los leones, comenzaron a rendirle admiración, pero un día fue avistado por unos cazadores furtivos, quienes al advertir su rareza experimentaron un deseo furioso de capturarlo, puesto que este tigre se había convertido en una pieza única, la más cotizada, como una obra de arte. La codicia dividió a los cazadores en dos bandos: unos soñaban con ofrecerlo al zoo de Berlín para que se convirtiera en una estrella de la modernidad; en cambio, otros querían desollarlo, echar su carne a los buitres y vender la piel al peletero más afamado para que entrara abrazado a una mujer fascinante en el Metropolitan Opera House de Nueva York. El tigre supo muy pronto la pasión que había despertado entre sus admiradores, cuyo número iba en aumento día a día, todos armados. Estaba recreado en su gloria cuando oyó silbar muy cerca la primera bala. Era el mensaje que le mandaba un cazador para demostrarle cuánto le quería. A este disparo siguieron varios más, todos con la misma señal. Antes de que las bocas de los rifles formaran a su alrededor un círculo amoroso insalvable, el tigre consiguió refugiarse en una mancha boscosa de la sabana. Hasta allí llegaron enseguida otros cazadores con cerbatanas y cápsulas de somníferos. Ni siquiera podía esperar que la noche le protegiera. La raya de fuego brillaba sobre su piel en la oscuridad, y aunque le querían a él nada más, todas las fieras huyeron de su lado al verse descubiertas por aquel resplandor. A medida en que la raya del tigre despertaba más pasión, se ahondaba alrededor la soledad. El rayo lo había elegido para la gloria, y al mismo tiempo lo había condenado. El tigre supo que estaba perdido. El instinto le hizo saber que la belleza sólo está a salvo y permanece incontaminada cuando es inaccesible.
MANUEL VICENT EL PAÍS

On the road

Cuando en 1964 hice mi primer viaje a San Francisco estaba en plena ebullición la novela On the road, de Jack Kerouac, de cuya publicación se cumple ahora el cincuenta aniversario. La estampida se había iniciado unos años antes desde Nueva York. Por todas las carreteras de California se veían jóvenes a bordo de cadillacs desvencijados o sacando el dedo en la cuneta, con vaqueros raídos, botas podridas, camisas abiertas de leñador y un saco de lona al hombro lleno de abalorios entre los que brillaba una navaja para fabricar amuletos de cuero o desollar iguanas. Parecía que el demonio había reventado a aquellos jóvenes por dentro. Cambiaban de oficio cada semana huyendo, dormían en el punto del camino donde les pillara el sueño y se apareaban bajo los olmos o en medio de campos de alfalfa o en los retretes mugrientos de las estaciones del ferrocarril. Su pensamiento consistía en caminar. Eran a la vez libres y descoyuntados, metidos en la tarea de improvisar su existencia, de estar en todas partes y en ninguna. Recién llegado de una España gris marengo y de maestros escolásticos con un forúnculo en el pescuezo quedé admirado ante la libertad que tenían estos jóvenes para inventarse a sí mismos todos los días a la salida del sol. Tal vez Dean Moriarty y Sal Paradise andaban caminando aún por San Francisco con las manos metidas en el bolsillo trasero del pantalón de aquellas chicas que iban descalzas por las aceras de Haight-Ashbury. De allí comenzó a salir el humo de marihuana que inundó el mundo. Había que hacer algo. Por mi parte regalé el reloj, me quité la corbata y me fui al sur, me tumbé en las praderas del campus de La Jolla y después llegué a Tijuana, donde me hice retratar con sombrero mexicano junto a un burro pintado de cebra y comía calaveras de chocolate. En aquella ciudad de frontera los cabarets de strip-tease, las farmacias y los bares no tenían puertas. Los beatniks pasaban por allí camino del golfo de Cortés para ver cómo se apareaban felizmente las ballenas aunque su vida agónica no era nada comparada con el fragor de la balacera que en Tijuana podía establecerse en cualquier esquina por una mala mirada. Llegó un día en que los beatniks dejaron de caminar. Algunos murieron y otros se hicieron burócratas. De las botas podridas de estos beatniks germinaron los hippies, pero fueron ellos los que convirtieron en filosofía, hace 50 años, esta locura en que se agita todavía el mundo: vivir consiste solo en huir detrás de un sueño hasta reventar.
MANUEL VICENT EL PAÍS

Espejos

El río en el que nadie se baña dos veces, según Heráclito, está formado por todos los espejos en los que uno se ha mirado a lo largo de la vida. La conciencia se inicia en el instante en que el niño se reconoce a sí mismo por primera vez en el espejo familiar del cuarto de baño. Llega un momento en que ante su propia imagen el niño piensa que ese que aparece allí dentro es él y no otro, esos son sus ojos, su nariz, su boca, su diente partido. Frente a ese espejo se establecen a continuación unos ritos inolvidables: su madre le lava la cara y le peina, unas veces a gritos, otras con lisonjas y allí se reflejan las primeras lágrimas, las primeras risas. En el azogue del espejo familiar la imagen del niño quedará guardada para siempre en brazos de Narciso. La edad consiste en ir dejando atrás aquel primer espejo. Un día el chico se afeitará la pelusilla del bigote y la niña se pintará por primera vez los labios con carmín, pero puede que sea ya en otro cuarto de baño. Si hubieran sido fieles al primer espejo no se habrían dado cuenta de que tenían ya quince años. El río de Heráclito discurre sobre nuestra piel, nos atraviesa por dentro y uno sólo comienza a envejecer cuando abandona aquel espejo que era un amante verdadero. Cada vez que vuelvas a mirarte en él después de una larga ausencia entenderás que el tiempo sólo es un cambio de apariencia. Se trata de una experiencia muy común. Al llegar el mes de agosto te vas de vacaciones a la casa de la playa, entras en el cuarto de baño, abres la ventana y te miras en el espejo donde había quedado congelado tu rostro desde el verano pasado. No estaban allí todavía algunas arrugas ni las ojeras que has cosechado a lo largo del año. Se hace evidente que has engordado. La expresión de los ojos tampoco es la misma. Pese a todo, durante el verano irás asimilando esta nueva imagen hasta aceptarla e incluso asimilarla con agrado, pero al volver a la ciudad, cuando apenas ha pasado un mes, en el cuarto de baño de casa te esperará la imagen que dejaste allí antes de salir de viaje. También algo habrá cambiado esta vez. El bronceado alegrará la palidez con que te recordabas, pero sin duda en la nueva imagen se reflejara una nueva erosión, el rastro de una aventura, la señal de una caída. Uno va envejeciendo en los sucesivos espejos como si se reflejara en río de azogue que nos atraviesa. Pese a todo existe un primer espejo que guarda tu imagen de niño ante el que tu madre te fregaba la cara con un estropajo. Ése es el que te amará siempre y te será fiel hasta la muerte.
MANUEL VICENT EL PAÍS - Última - 09-09-2007

Pirómanos

En el año 356 a. d. C, Eróstrato quemó el templo de Artemisa, en Efeso, con el propósito de que su nombre fuera recordado hasta el fin de los tiempos. Otros pirómanos, menos ambiciosos, provocan un incendio devastador simplemente para poder alcanzar el orgasmo, que sólo logran contemplando varias montañas ardiendo. La mayoría lo hace por pasiones más anodinas, por guisar una paella campestre, por matar conejos si son cazadores, por construir adosados si son constructores, para que coman las cabras si son pastores, por sacar de la serrería madera barata. Nadie piensa ya en la inmortalidad cuando prende un bidón de gasolina en el monte. Eróstrato ignoraba que la inmortalidad es una cárcel de la que ya no se sale nunca. Todo el Peloponeso acaba de ser pasto de las llamas y el fuego ha alcanzado algunos lugares de la mitología. Desde lo alto de una colina de este territorio, ante un cúmulo de mármoles sagrados, el filósofo Séneca gritó: ¡"Saludo a los dioses si los hay"!. Todavía hoy la historia está esperando la respuesta. El terremoto que en 1997 asoló la región de Umbría en Italia destruyó la basílica de Asís con todos los frescos del Giotto. Allí iban a celebrar una conferencia de la paz mundial los jefes espirituales de todas la religiones monoteístas bajo la presidencia del papa Wojtyla. Ninguna deidad dio explicaciones de aquel desastre. Las pinturas del Giotto se restauraron con un minucioso trabajo de cuatro años en que el fragmento más diminuto volvió a su lugar y los muertos fueron olvidados. Hace unas semanas el terremoto de Pisco, en Perú, derrumbó la techumbre de un templo, mató a los fieles que estaban celebrando un funeral y uno de los pocos que se salvó fue el cura protegido por los contrafuertes del altar. Mientras todo era muerte a su alrededor el cura se sacudió el polvo de las sagradas vestiduras. Ningún dios reivindicó este atentado. El fuego del Peloponeso ha rodeado Olimpia, Micenas, Epidauro, Corinto. Dentro de unos años, cuando sobre la tierra quemada de la antigua Esparta haya fructificado la codicia inmobiliaria, si desde lo alto de una colina, ante la infinita extensión de chalés adosados, alguien saluda a los antiguos dioses, la respuesta será el ruido de las hormigoneras que se abren paso por donde antes transitaron los sueños. Por todas partes aparecerán carteles de la nueva mitología. Peloponeso Resort. Los adosados de Esparta se venderán con hipotecas a treinta años. Esta es la única eternidad que existe en la tierra.
MANUEL VICENT EL PAÍS