Voces en el légamo

Cuando William Faulkner era ya una gran figura y John Kennedy coleccionaba esta clase de piezas con que adornar algunas de sus cenas privadas, el escritor recibió una invitación del presidente para una de ellas en la Casa Blanca. Por su mesa habían pasado ya los grandes Norman Mailer, Saul Bellow, Arthur Miller y los Sinatras de costumbre. Incluso Pau Casals había ilustrado con el violonchelo algunos de los postres más exquisitos. Faulkner le contestó a vuelta de correo: -Señor presidente: yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi.El orgullo y la cortesía, implícitas en semejante respuesta, definen a este caballero del Sur, al que sólo le faltó para redondear su vida morir ebrio de una caída de caballo, un alarde que Faulkner estuvo a punto de conseguir. Era un tipo raro. De sí mismo, unas veces decía que era heredero de un terrateniente del condado y otras que era hijo de una negra y de un cocodrilo. Ambos sueños eran de grandeza. De joven había empezado por mal camino. "Ese pobre chico de los Faulkner, al que han echado del puesto de Correos por leer las cartas", decían los vecinos de Oxford al ver que desde muy temprano había comenzado a rehogar en alcohol sus oficios inestables, cartero, pintor de brocha gorda, dependiente de librería o incluso portero de prostíbulo. Pequeño, callado, educado y de carácter revirado, con rostro de ave, labio fino y buena nariz, que subrayó luego con el famoso mostacho, ésta es la estampa de este genio. De su primera juventud hay dos fotografías: una vestido de piloto de la Royal Flying Corp y otra con barba bohemia en París, las dos con pipa. No pudo cumplir ninguno de estos dos deseos. Quiso ser piloto militar, pero al principio fue rechazado por corto de talla y cuando por fin lo admitieron en la RAF de Canadá, la Gran Guerra había terminado. Tampoco en el París de los años veinte logró participar en la camarilla literaria de Gertrude Stein, ni entró en el círculo de Silvia Beach, la librera de Shakespeare & Company, que prestaba libros, dinero y bocadillos a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Ezra Pound y a James Joyce. Tal vez se había cruzado con ellos en el bulevar Saint Michel sin ser reconocido. Aunque no estaba en la nómina de la "generación perdida", sino en la del propio extravío, no obstante, fue el único que olió la vanguardia de París y se la llevó al Misisipi. La forma cubista de quebrar la materia en varios planos, Faulkner la aplicó después a la literatura al descomponer la realidad en múltiples voces simultáneas. En Nueva Orleans, donde había ensayado otro conato de vida bohemia, tuvo más suerte. Allí conoció a la esposa del escritor Sherwood Anderson, quien al conocer sus veleidades literarias, exclamó: "Le recomendaré a un editor a cambio de que no me haga leer ninguno de sus manuscritos". Después de un libro de poemas vulgar, publicó la primera novela, La paga de los soldados, y así empezó su ego a desarrollar la espiral según el diseño que se había trazado. En 1930 compró por 6.000 dólares, pagaderos a plazos, el devastado caserón de Rowan Oak, sin agua ni luz. Esta posesión se correspondía a su ambición de ser un caballero con olor a establo, puesto que una de sus locuras fue añadir tierras y relinchos de caballos alrededor, un lujo que no podía costear. La reconstrucción de esta mansión la acomodó Faulkner a la evolución de su literatura, como una metáfora de construir una gran obra. Antes que nada colgó sobre la chimenea el retrato de su abuelo, el coronel William Clark Faulkner, propietario del ferrocarril y banquero, escritor de una novela romántica de éxito. Vivir como él a lo grande despreciando el dinero y al mismo tiempo haciendo todo lo posible por obtenerlo, fue su designio y su condena. Este antepasado le sirvió de modelo para el personaje del coronel John Sartoris, protagonista de la novela Banderas sobre el polvo, la primera que sucede en el condado imaginario de Yoknapatawpha, un territorio grande como un sello de correos. A todo esto su mujer Estelle Oldham, de familia aristócrata sureña también arruinada, ya se movía por el salón destartalado de esta mansión de antiguos algodoneros, el ama negra gobernaba la cocina, los blancos ricos estaban en la colina, los negros en las cabañas, los caimanes en los pantanos, mientras el río Misisipi, el desagüe de toda Norteamérica, fluía lleno de putrefactos remolinos en la desembocadura que expandían un aliento de cieno en el aire. Si Faulkner fue un poeta de versos fracasados, nada puede entenderse de su prosa dura sin la profunda penetración poética de sus imágenes. Todos sus principales relatos parten de una visión alucinada. Puede ser la de unos niños encaramados en un árbol que contemplan el entierro de la abuela, con la niña que enseña las bragas sucias de barro o la de una muchacha violada por un impotente con una tuza de mazorca o la de una mujer embarazada que camina descalza por una carretera perdida. A partir de una imagen empieza a crecer el árbol cuyo tronco robusto no tiene ramas que se extiendan en el aire, sino sólo raíces que se sumergen en el pantano donde las pasiones humanas comparten el mismo légamo de los caimanes. En El ruido y la furia, el monólogo que rumia el idiota Benjy se cruza con otras historias como se entreveran las corrientes en los meandros del Misisipi, múltiples voces sumergidas y superpuestas en el limo podrido, imágenes que se liberan en el espacio asfixiante del Sur, una literatura difícil de digerir, defendida por Faulkner desde el bastión de su propio orgullo contra los editores. Todo su drama era que tenía que pagar su mansión, a la que iba añadiendo salas, cobertizos y pabellones, a medida que acarreaba dinero procedente de su trabajo mercenario en Hollywood, al que en casos de apuro acudía como a una mina de sal. Allí permanecía estabulado una temporada en compañía de otros escritores a sueldo, como Scott Fitzgerald, quien ya con la batería agotada tenía el suelo de su tabuco lleno de coca-colas vacías tratando de salir del alcohol. Faulkner participó en la adaptación al cine de la novela de Hemingway Tener o no tener y cuando le presentaron a su director Howard Hawks, antes de darle la mano, le dijo: "Sé perfectamente quién es usted. He leído su nombre escrito en un cheque". Le estaba agradecido. Gracias a ese cheque en Rowan Oak había comenzado a salir agua corriente de los grifos. Faulkner no consiguió ser piloto militar, pero le regaló una avioneta a su hermano Dean, quien apenas aprendió a volar se mató con ella. También murió su hija Alabama al poco de nacer y ese día fue el único que no se emborrachó. Este caballero del Sur tenía el alma dividida entre el puritanismo y el délirium trémens: veía ratas por las paredes junto con las pasiones brutales, poéticas, misteriosas de un mundo fenecido. Puede que Faulkner no tuviera un traje adecuado para asistir a una cena en la Casa Blanca, pero lo cierto es que ningún caballero cena en la intimidad con alguien a quien no conoce. Murió de un ataque al corazón el 6 de julio de 1962. Muy ebrio, dos días antes se había caído del caballo.

La ciénaga del subconsciente

MANUEL VICENT EL PAÍS El colegial James Joyce acababa de hacer los ejercicios espirituales de san Ignacio. La minuciosa descripción de los estertores de la agonía, la putrefacción del cuerpo que sería pasto de los gusanos y el merecido castigo del fuego eterno habían dejado el terror consolidado para siempre en su alma. Hay que imaginar al adolescente Joyce, con el rostro plagado de acné, arrodillado en el confesionario de la capilla del colegio Belvedere de Dublín, siendo acariciado en las mejillas por un jesuita meloso mientras él vertía en la oscuridad del cajón sus malos pensamientos y los pecados de la carne. Cada vez que se atascaba, frenado por el rubor, el padre confesor lo animaría a seguir con un nuevo pescozón, como quien espolea a un potro que rehúsa saltar el obstáculo. Sabía que, una vez perdonado, volvería a caer y después sería roído de nuevo por el remordimiento. Y así siempre. Ése fue el légamo cenagoso del que el escritor extraería las mejores páginas de su literatura.Venía de un progenitor manirroto, bebedor y profundamente católico, que en una de sus quiebras económicas, antes de ingresarlo en el colegio Belvedere, había mandado a su hijo durante un tiempo a las Escuelas Cristianas, una institución para pobres, que el espíritu altivo de James Joyce guardó como una humillante caída en la quesera del subconsciente. Se matriculó en medicina, que pronto cambió por la disciplina de lenguas y gramática comparada en la Universidad Católica de Dublín, situada a la vera del St. Stephen Green Park, y allí tampoco pudo desprenderse de los santos torturados y de las lámparas de sebo votivo que había en la iglesia de estilo bizantino inserta en el mismo caserón. En el centro de la ciudad estaba el Trinity College, la síntesis del espíritu protestante y elitista de Irlanda, y aunque los universitarios de una y otra formación y creencia compartían las praderas del parque de Dublín, el joven Joyce creció volcando su rebeldía contra el complejo de una familia empobrecida, contra el nacionalismo irlandés amalgamado de curas, contra la soberbia protestante que era soporte del invasor británico, tres dogales que le ahogaban. La única solución era huir. Joyce había nacido en 1882, y a los 20 años ensayó el primer conato de fuga. Se fue a París, y después de pasearse por el Barrio Latino como un perro sin collar regresó derrotado a la caspa grasienta de Dublín. Un día, el 16 de junio de 1904, se cruzó con una chica parada ante un escaparate de la calle Nassau. La requebró. Ella le devolvió una sonrisa y ése fue el sello que a partir de entonces unió sus vidas hasta la muerte. Nora Barnacle era una muchacha pelirroja de Galvay, que trabajaba de camarera en el hotel Finn's, pegado al Trinity College. Desinhibida, analfabeta, realista, alegre y decidida a todo, la chica enseñó a aquel joven reprimido a liberarse de la moral católica. Para empezar le rompió la barrera del sexo. Una tarde de domingo, la pareja paseaba por los muelles del puerto de Dublín y al llegar la oscuridad, sentados en la escalera de un callejón solitario, ella le hizo probar con cierta pericia las delicias de la masturbación, un acto que en la mente morbosa de Joyce desencadenó una tormenta de culpa y celos retrospectivos, un lastre acarreado por su formación jesuítica. Nora Barnacle ayudó a Joyce a saltar definitivamente del país. Como dos fugitivos, sin volver la vista atrás, partieron hacia cualquier destino que no fuera tener que soportar a diario las soflamas de los independentistas irlandeses ni los sermones terribles de los curas católicos ni el elitismo de Trinity College. Joyce odiaba a esos neófitos que iban al oeste a purificarse en las islas salvajes y pedregosas de Aran, donde se guardaba la raíz de la patria celta. Al otro lado estaba el racionalismo de Europa. Joyce aceptó el puesto de profesor de inglés en una escuela de idiomas en Trieste y allí comenzó su peregrinación, que le llevaría a Roma, a Zúrich, a París, aunque nunca consiguió sacudirse Irlanda de encima, que llevaría como una chepa hasta el final de sus días. La relación de Joyce con Nora fue una continua tempestad erótica en la que ella gobernaba el timón con una maestría extraordinaria. Unas veces lo excitaba con cartas pornográficas durante las ausencias, otras lo mantenía a raya tirándole del bocado para sumergirlo luego en la pura obscenidad sin dejar de proteger su vida hasta el mínimo detalle doméstico. Un día Nora le contó la historia de Michael Bodkin, aquel muchacho enamorado suyo que en la última noche, cuando ella tenía que abandonar Galvay para ir a servir a Dublín, le echó unas chinas a los cristales de la ventana y al asomarse lo vio en un extremo del jardín llorando estremecido bajo un aguacero. El chico murió 15 días después de pulmonía. Nora siempre pensó que había muerto por su culpa. Este lance comenzó a barrenar la mente de Joyce, quien ya no supo eludir a aquel fantasma hasta que lo transformó en el protagonista invisible de Los Muertos, el cuento más profundo de su libro Dublineses. Sin publicar nada todavía, salvo un conjunto de poemas titulado Música de Cámara, a Joyce sus compañeros de clase ya lo tenían por un genio que se desparramaba como la espuma de una pinta de Guinnes en los sucesivos pubs. Todo el resabio anticlerical y familiar afloró poco después en el Retrato de un artista adolescente, que se publicó por entregas en la revista norteamericana The Egoist gracias a los buenos oficios de su protector, Ezra Pound. Este libro comenzó a llenarle de grumos la memoria como una obertura para la gran obra del Ulises. No era más que un oscuro profesor de idiomas perdido por la Europa de entreguerras, que se iba volviendo ciego a causa de una iritis juvenil. Llevaba un parche en un ojo, como un pirata de la literatura, y de él se rumoreaba que estaba escribiendo una extraña epopeya. Mientras Europa se llenaba de escombros, Joyce elaboraba como una oruga en Zúrich la historia de un judío irlandés, llamado Leopold Bloom, que realiza un periplo de 24 horas por Dublín. La acción transcurría el 16 de junio de 1904, en recuerdo del día en que Joyce conoció a Nora Barnacle frente al escaparate de la calle de Nassau. Durante ese circuito, este hombre vulgar, que se había desayunado con un riñón de cerdo asado y que llevaba una patata en el bolsillo de la chaqueta, iba liberando un fluido de la conciencia como un excipiente de sus sueños, de sus deseos inconfesables, del fondo cenagoso que sustenta la vida de cualquier ciudadano vulgar, mientras su mujer, Molly Bloom, le esperaba en la cama hasta altas horas de la madrugada con el sexo y la memoria palpitando como babosas. Todo el aluvión de limo podrido que en el alma de James Joyce se había posado en el colegio Belvedere y en la Universidad Católica de Dublín se desborda desde aquel lejano confesionario de la adolescencia a las páginas de este libro grumoso, en apariencia obsceno, que no es sino el cuaderno de bitácora de un antihéroe cotidiano, navegante de asfalto, que encuentra Ítaca dentro del vertedero de sí mismo. El Ulises fue publicado en París en 1922 por Silvia Beach, una norteamericana propietaria de la librería Shakespeare & Company, ubicada en el número 12 de la Rue del Odeon. Se trata de una de las cimas de 8.000 metros de la literatura universal, que hay que escalar por la pared norte, desde la cual se despeñan una y otra vez los mejores alpinistas.

Un seductor ante el espejo

Sin despeinarse nunca Adolfo Bioy llevó una vida muy atareada: tenis por la mañana, amores por la tarde, lecturas y literatura a cualquier hora y para cenar, como plato único, Borges en su propia salsa. Cazar mujeres al ojeo y ser muy querido, al margen de los libros, fue su primer oficio. En una reunión de amigos una noche en casa del escritor Mastronardi, exclamó: "Genca está poderosísima". Se trataba de Silvia Angélica, una adolescente, sobrina del propio Bioy. Él reparó por primera vez en su extraordinaria belleza y al día siguiente la hizo su amante. Fue una historia de tantas, sin duda la más obsesiva, pero Bioy estaba siempre con el arma cargada en estado de revista y por sus brazos pasaron innumerables mujeres, casadas y solteras, unas muy finas y otras bataclanas. El escritor en el descapotable en la puerta trasera del teatro, con un cigarrillo Lucky Strike en los labios, esperando a la primera actriz o a una hermosa corista, es uno de sus perfiles. A veces jugaba una simultánea, como en el ajedrez, con dos o tres amores al mismo tiempo. En una partida avanzaba un peón, en otra se comía un alfil, en otra hacía jaque mate. -Cuando tuve una sola mujer, realmente fui muy infeliz. Con dos o tres me iba mejor. Parece que lo adivinaban y me mimaban para no perderme. No me considero un hombre inmaduro. Tal vez he sido un donjuán para protegerme. Cuando jugué a la verdad, a entregarme del todo a la persona que quería, esa persona inmediatamente me dominaba y me castigaba.No es extraño que siendo muy seductor, descendiente de estancieros hacendados, casado con la rica heredera Silvina Ocampo, hermana de Victoria, la gran matrona feroz de la cultura bonaerense, en lugar de bajar a la tierra de los simples mortales se dedicara a la literatura fantástica. Mientras en la calle sonaba el bombo de Perón y después los milicos torturaban a los estudiantes en los sótanos de la Escuela Mecánica de la Armada o los arrojaban vivos y desnudos desde un avión al mar del Plata, el ciego Borges guiaba a Bioy por el laberinto circular de la biblioteca de Alejandría en busca del libro de arena en cuyas páginas estaban revelados todos los enigmas. Enfrascados los dos en una imaginación puramente cultural, lejos de la política que siempre acaba por mancharte el traje blanco, se dedicaban a inventar fantasías llenas de encajes. Bioy miraba con cierto desdén elitista a los escritores comprometidos porque, según su opinión, los políticos desprecian y desechan a estos intelectuales y escritores cuando ya no los necesitan. En este sentido, fue muy astuto. Jorge Luis Borges tenía la lengua larga. Era capaz de arruinar su literatura cincelada con una frase detonante que sólo escandalizaba a algunos imbéciles, aunque huyendo de la grasa del pueblo para no mancharse acabó por dar la mano a algunos criminales muy sucios; en cambio Bioy se quedó en casa y guardó un silencio áureo ante las obvias tragedias del mundo. Pero un día, descabalgado del caballo alazán que montaba en su hacienda El Rincón Viejo, se encontró con la realidad en una esquina de Buenos Aires. Envuelto en sirenas de la policía vio a un hombre de traje holgado, color ratón, perseguido por unos civiles. A unos seis pasos de donde se encontraba el escritor, al subir a la acera el hombre tropezó y cayó. Uno de sus perseguidores le aplicó un puntapié extraordinario en el vientre y le gritó: "Hijo de puta". Otro le apuntó desde arriba con un revólver de caño grueso y empezó a dispararle balazos servidos a la cabeza. Las cápsulas caían al alrededor. Bioy pensó que lo más prudente era tirarse cuerpo a tierra; empezó a hacerlo, pero sintió que iba a ensuciarse la ropa y qué pasaría con su cintura frágil si tenía que levantarse apurado para salir corriendo. Después, ante el cadáver de aquel sindicalista, uno de los matones, exclamó: ha asistido usted a una ejecución. Un día visité a Bioy en Buenos Aires. Vivía en la calle Posadas, frente a los jardines de La Recoleta, en uno de los cinco pisos de una finca que pertenecía entera a su familia y a la de su mujer Silvina Ocampo. No le hables de libros, me dijeron, háblale de mujeres, de coches, de perros, de tenis, de caballos. Me abrió la puerta una señora gallega, el ama de toda la vida. Bioy me esperaba a la hora del té sentado en una silla de ruedas junto a una mesa con mantel de hilo llena de bandejas con pastelillos y otras delicadezas en un salón muy amplio, elegantemente deshabitado de muebles, sólo con una biblioteca fatigada y grandes espejos que multiplicaban el vacío. El escritor vestía su esqueleto británico de 83 años con una chaqueta de espiguilla, un chaleco de ante, un pantalón de franela, una ropa de máxima calidad inglesa aunque un poco ajada como corresponde a un gran caballero. Estaba ya quebrado de cadera por una caída que se produjo desde la banqueta mientras trataba de alcanzar un volumen del último estante de la biblioteca y además los analgésicos que estaba obligado a tomar lo tenían sumido en un sopor que era la exacta expresión de aquel mundo ya fenecido. -En esta misma sala -me dijo- sentados los dos a esta misma mesa, solos Borges y yo hemos cenado todas las noches durante más de 30 años. Cuando Borges se despedía, yo pasaba al gabinete y anotaba en un dietario nuestras conversaciones de sobremesa como un notario que levanta acta. Tengo más de 3.000 páginas escritas e inéditas. Esa cita nocturna diaria duró hasta que Borges se casó con María Kodama. Después ella sólo le permitía venir a casa los sábados y domingos por la tarde. -¿Qué le pasaba a Borges con las mujeres? -le pregunté. -Que se enamoraba y ellas lo placaban -contestó cruzando los brazos con un gesto de tenaza sobre su pecho como hacen los jugadores de rugby para proteger la pelota. -¿Qué mujer podría enamorarse de un hombre que pedía merluza hervida en un restaurante vulgar de la calle Maipú y hacía bolitas con la miga de pan? Bioy sonrió. En efecto, Bioy sólo parecía animarse cuando le hablaba de mujeres. Le dije que, a cierta edad, las mujeres te miran y ya no te ven. Bioy comentó que esa sensación él también la había experimentado. -¿Cuándo se sintió por primera vez invisible o transparente para las mujeres? -Hace tres años -contestó Bioy escuetamente. Una vida llena de éxito y de seducción se quebró cuando su hija Marta murió atropellada por un autobús en una calle de Buenos Aires. Un escritor argentino malevo, roído por el resentimiento, al enterarse de esta desgracia, elevó la mirada al cielo diciendo: "Por fin a este triunfador le ha sucedido algo malo". Al margen de las mujeres, Borges y Bioy tenían un alma bipolar. Bioy admiraba a Borges por su genio literario; Borges admiraba a Bioy por su seductora elegancia. A los dos les unía la misma ironía, el mismo asombro ante el misterio; los dos caminaban flotando a dos palmos sobre la tierra. Aquel cotilleo nocturno con Borges, que duró 30 años, ha sido el libro póstumo de Bioy, un altar elevado a la imaginación y al chisme envenenado, pero después de concebir infinitas historias, Bioy ya había cumplido su destino cuando escribió La invención de Morel. Basta con una obra perfecta para pasar a la historia.
MANUEL VICENT EL PAÍS

Nada como el pecado

Su niñez estuvo dividida entre dos lealtades. Su padre era director del colegio de Berkhamsted, ubicado en un viejo edificio que se comunicaba con la casa natal del pequeño Graham por una puerta tapizada de bayeta verde. Esa puerta daba también a dos lados de su propio cerebro. En una parte hervía la brutalidad escolar del patio donde sus compañeros le exigían compartir los ritos feroces contra los maestros; en otra estaban su padre y los hermanos dentro del orden apacible del hogar. En el recreo su timidez mórbida se hallaba a merced de las humillaciones que le infligía el más duro e inteligente de la banda, un tal Carter, para que tomara partido contra el director, y esta tortura le produjo una esquizofrenia de la que nunca se repuso. Graham Greene ha confesado que se hizo escritor sólo para vengarse de aquel tipo. Derrotar a Carter, enmascarado después en varios perdedores de sus novelas, se convirtió en un destino.Esa neurosis tuvo un primer tributo. A los 16 años fue sorprendido acariciando la culata del revólver de su hermano mayor, un Smith & Wesson, calibre 32. Graham Greene jugó a la ruleta rusa cuatro veces con aquel arma, cuyo tambor era de seis balas. Durante el rodaje de Nuestro hombre en La Habana se lo contó a Fidel Castro. Y éste le dijo: "Si el tambor era de seis balas y se disparó en la sien en cuatro ocasiones, usted está matemáticamente muerto". Graham Greene contestó: "Yo no creo en las matemáticas". Después de todo, el azar de su vida fue un largo suicidio, unas veces feliz y otras atormentado, que duró 86 años. A raíz de aquel lance sus padres lo dejaron en Londres en manos de un psicoanalista. Tumbado en el diván, el chico un día explicó su sueño erótico más recurrente. "Su mujer entra en mi habitación con los pechos desnudos y yo se los beso". El psicoanalista, sin pestañear, le preguntó: "¿Qué asocia en primer lugar con los senos de mi mujer?". El chico contestó: "Dos vagones del metro". Oído lo cual, el psicoanalista, para quitárselo de encima, lo dio por curado y Graham, embargado por un gran sentimiento de libertad, entró en Oxford como un caballo desbocado, se hizo periodista, redactor del Times, crítico literario y cinematográfico y a los 23 años se convirtió al catolicismo para poder casarse con la católica Vivien Dayrell Browning, pero sólo empezó a creer en el Dios de los católicos cuando conoció en México a un cura lujurioso y alcoholizado, perseguido por los revolucionarios, que estando ya a salvo fuera de la frontera vuelve a cruzarla hacia este lado para darle el sacramento a un agonizante y muere fusilado en pecado mortal. Este desecho humano, que luego sería el protagonista de su mejor novela, El poder y la gloria, le hizo degustar la sabrosura del pecado, y en medio de sus combates de la existencia Graham Greene supo que ese sabor era el único que le había dado sentido a su vida, como escritor, espía, esposo infiel, amante apasionado y viajero por los lugares más turbios del planeta. A finales de 1946, con Europa todavía humeando, Graham Greene, ya famoso, conoció a Catherine Walston, una norteamericana de 30 años, casada con el multimillonario terrateniente laborista judío inglés Harry Walston. Ella era una especie de Lauren Bacall, madre de cinco hijos, frívola, atractiva, que solía ir descalza con el whisky en la mano por los salones de su mansión. Nuestro hombre quedó abducido por esta mujer con una pasión que duró 13 años, en cuya carne conjugó la emoción del adulterio con el placer del remordimiento, un privilegio espiritual que consistía en alcanzar el cielo a través del camino de perdición. Aquella millonaria turbulenta y caprichosa le llevaba todos los días al éxtasis de tener que pegarse un tiro en la cabeza para salvarse. Se separaron en 1960 porque ella se había enamorado de otro y lo dejó tirado. Cuando Graham Greene ya era un viejo sonrosado, de ojos azules acuosos y sonrisa bondadosa, sentado en un sillón de mimbre junto a una botella terciada de JB en la terraza de su pequeño apartamento, que daba al puerto de Antibes, en la Costa Azul, aún iba a misa todos los domingos muy planchado, con las piernas largas, ligeramente encorvado, del brazo de su amante Yvonne Cloetta, con la que convivió los últimos treinta años de su vida. Seguía siendo católico, aunque no creía en el infierno, sino en el purgatorio, por ser éste un castigo no tan duro pero mucho más refinado. Pocos vecinos podían imaginar que este hombre, rehogado en alcohol, había llevado dentro un alma siempre al borde del abismo. A Graham Greene nunca le abandonó la aureola de haber sido espía al servicio de la Corona durante la II Guerra Mundial. Este oficio llenó de fascinación la imagen del escritor, aunque se trata de un trabajo la mayoría de las veces burocrático, aburrido, rutinario e incluso cutre. Pese a que él procedía de Oxford, fue captado para el servicio secreto por Kim Philby, un tipo simpático que dirigía el grupo de espías esnobs, turbios y sofisticados de Cambridge. Graham Greene fue destinado a Sierra Leona y de esa misión extrajo, como siempre, una novela, El revés de la trama. Cuando Kim Philby, agente doble, al ser descubierto, se pasó al bando de los soviéticos su amigo Graham Greene lo convirtió en el personaje de El factor humano. Siempre el doble juego, entre la vida y la muerte, la política y la religión, el amor y el odio, el sufrimiento y la compasión, la inocencia y la presencia del mal desarrollados en ambientes cargados de calor húmedo y de lujuria pegajosa que llevan al protagonista hacia un destino trágico de tener que apurar el cáliz del perdedor. Graham Greene, como buen católico, se excitaba en los prostíbulos más espesos. A uno de ellos, en París, llevó a su nueva amante Yvonne. La dejó en la barra frente a una copa y él se adentró en el laberinto abrazado a una prostituta. Su amante era una mujer casada a la que había rescatado de un marido ejecutivo en la selva del Camerún, una francesa ordenada, con cada pasión en su sitio, pero después de aquella aventura comenzó a pensar que el alma de Graham era más oscura de lo que aparentaba su diseño de apacible burgués. Se enamoró de aquel hombre hasta el fondo donde nadan los peces negros que nunca ven la luz. La mayor parte de sus novelas fueron llevadas al cine, pero sólo dos, El tercer hombre y El americano impasible, pertenecen a la imaginación colectiva. Los sótanos de Viena dividida en la posguerra mundial y el Vietnam a punto de ser abandonado por los colonialistas franceses están ya unidos para siempre al poderío de Graham Greene de contar historias duras, sin adjetivos, aparentemente ligeras, pero llenas de misteriosos laberintos que son los del alma humana. Murió en Vevey, un pueblo de Suiza, adonde se había retirado para estar cerca de una de sus hijas. El funeral fue la última secuencia de cualquiera de sus novelas. En un lado de la iglesia estaba Vivien, su primera mujer, de 86 años, de la que no se había divorciado. En el otro estaba Yvonne, de 60 años, su última amante, que tampoco se había separado de su marido. En medio estaba Graham dentro del féretro, ante la puerta que daba a la vez al cielo y al infierno.
MANUEL VICENT EL PAÍS