Gertrude Stein. El deber de parecerse al retrato

MANUEL VICENT

Se adornaba con artistas y escritores. Vivió por personas interpuestas, siempre famosas, y quedó como el espejo ineludible donde siguió reflejado para siempre el esplendor bohemio de los tiempos felices de aquel París en el que todo estaba permitido.

Gertrude Stein y su hermana eran todavía unas niñas cuando iban en un tren desde Pensilvania a California y durante el trayecto se asomaron a la ventanilla. En ese momento sucedió un percance y su padre pulsó repetidamente el timbre de la alarma hasta lograr que el convoy se detuviera. Los pasajeros creyeron que había pasado algo muy grave. Todo lo que había sucedido era que a una de sus hijas se le había volado el sombrero. El hombre se apeó y después de caminar media milla lo encontró en un campo de girasoles. La niña recuperó el sombrero, se lo encasquetó en la cabeza y resuelto el problema el tren reemprendió la marcha. Sucesos como éste hicieron que la autoestima de Gertrude Stein tuviera una base muy sólida desde su más tierna niñez.

Habría que preguntarse si uno escribiría ahora sobre la vida de esta mujer si no la hubiera inmortalizado Picasso en un retrato famoso con la mandíbula afilada, precubista, que distaba mucho de parecerse a la realidad, porque Gertrude Stein era entonces una joven de cuerpo macizo, de rostro ancho y de mejillas redondas. "No me parezco en nada", exclamó la modelo. "Tranquila, con el tiempo te acabarás pareciendo", contestó Picasso. Esta frase ha pasado a la historia, aunque realmente lo que el pintor le dijo fue que en adelante era ella la que tenía el deber de parecerse al retrato. Gertrude Stein no cesó hasta conseguirlo. Llegó a París con su hermano Leo, ambos judíos norteamericanos, de origen austriaco, adinerados, huérfanos y viajeros. Ella había estudiado medicina en Baltimore sin terminar la licenciatura de puro aburrimiento; él andaba perdido por Florencia en busca de sensaciones variadas. Hacia 1903 confluyeron en París dispuestos a vivir a fondo la fascinación de los nuevos tiempos; montaron casa en la Rue de Fleurus, 27, en el Barrio Latino, una vivienda con dos plantas que tenía un gran estudio en el jardín y los dos comenzaron ahora a cazar artistas y escritores con que adornar sus vidas de millonarios estetas. Iban con el talonario por delante; sabían lo que se traían entre manos, pero tenían una ventaja, porque en aquellos años los pintores de vanguardia eran buenos y muy baratos; en cambio, los académicos eran malos y muy caros. La primera captura fue Picasso, que entonces vivía todavía con Fernande en el Bateau Lavoir, de la Rue de Ravignan, en Montmartre, calentando la estufa con dibujos, recién salido del hambre de la época azul y entrado ya en la incipiente gloria de la época rosa. Hasta allí llegó Gertrude Stein llevada por su olfato. Ninguno de los dos recordaría después en qué año inició Picasso su retrato, pero la hizo posar más de noventa veces en su estudio y fue en una de aquellas sesiones cuando Gertrude Stein, que había comenzado a escribir, pensó que era posible hacerlo de la misma forma con que el pintor, a la manera de Cézanne, estaba estructurando la realidad en planos yuxtapuestos. Ella trabajaba también en ese momento en un retrato literario de la negra Melanctha, que fue su criada, incluido en su libro Tres vidas y estaba obsesionada en las frases sin armadura interior, en las palabras dislocadas de su sentido, reiterativas, hasta hacerlas profundas e ininteligibles, sólo cohesionadas por distintos significados contradictorios desde el exterior al interior de las cosas. Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, etcétera. Al parecer, según ella, la última rosa ya se había inmiscuido en la primera. Así llegaba Picasso también al alma de la materia. Ninguno de aquellos pintores bohemios y escritores malditos a los que alimentaba tenía el valor de contradecirla. Esta mujer era ahora su propio convoy, como aquel tren de California, que arrancaba y se detenía a su antojo en medio de París, cargado de artistas de vanguardia, a los que manejaba según su humor y eran muchos los que estaban dispuestos a recoger su sombrero, aunque algunas veces se comportaba con ellos como una clueca amorosa, todos alrededor de su falda de pana. Vivía con su secretaria y amante Alice B. Toklas, la gatita, pastelito, bebé, cigalita, como ella la llamaba, y las veladas de los sábados en el estudio de la Rue de Fleurus, 27, comenzaron a hacerse famosas. La voracidad de esta coleccionista no tenía límites. Allí se colgó por primera vez el cuadro de Matisse La joie de vivre, que despertó la envidia de Picasso, quien no cesó de dar la lata hasta lograr que Gertrude Stein se deshiciera de ese cuadro para sustituirlo por Las señoritas de Aviñón. Gertrude Stein basculaba entonces entre estos dos pintores, Picasso y Matisse, que abrieron el compás estético del siglo XX, uno fue el creador de nuevas formas, otro el introductor del color salvaje como formas de sentimiento. Los dos genios se respetaban en público pero se odiaban en secreto y la clueca siempre acababa por poner paz en sus rencillas. Gertrude Stein quería llevar el cubismo a la literatura. Después de las veladas vanguardistas en el estudio de casa, lleno de pintores con sus mujeres o amantes, se guardaba la noche para ella. Escribía hasta que comenzaban a cantar los pájaros. Puede que tuviera más ambición que talento, pero el hecho de ser incomprendida la llenaba de orgullo. Con The making of americans intentó contar con largo aliento de mil páginas la historia de su familia. De pronto vino la guerra. A la Stein y a su amante Alice las sorprendió en Inglaterra. Vadearon la contienda con una estancia feliz en Mallorca y cuando, al llegar la paz, regresaron a París el decorado había cambiado. Matisse estaba en Niza, Picasso en Antibes, Apollinaire había muerto en campaña. En los años veinte Gertrude Stein dejó de adornarse con pintores para hacerlo ahora con escritores. Trabó amistad con Silvia Beach, la propietaria de la librería Shakespeare & Company, y ella comenzó a acarrearle a su estudio literatos norteamericanos, Ezra Pound, Hemingway, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson, pero no el irlandés James Joyce, al que la Stein odiaba, tal vez porque le había arrebatado la fama entre aquel grupo de exquisitos con la literatura experimental que ella buscaba. Era la Generación Perdida, definición literaria que se atribuye a Gertrude Stein. En realidad fue una expresión con que el patrón de un taller reprendió al mecánico, recién llegado de la guerra, que no había sido diligente a la hora de arreglar una avería del Ford T de la escritora. Ella la aplicó a sus amigos, con los que mantenía relaciones tormentosas. Gertrude Stein vivió por personas interpuestas, siempre famosas. De hecho hizo que su autobiografía la firmara su secretaria y amante Alice B. Toklas, como propia, lo que le permitió adornarse sin rubor de todos los elogios imaginables. Después de vivir el éxito en un circuito de conferencias por Norteamérica en 1935, volvió a Francia y por encima de ella y de su amante pasó la II Guerra Mundial. Pudo salvar de la Gestapo milagrosamente su fabulosa colección de pintura. Luego se retiró al campo con su gatita Alice y en 1946 murió en Neuilly-sur-Seine, pero entonces la vanguardia histórica de París ya se había esfumado, porque los norteamericanos se la llevaron a Nueva York como botín de guerra y la figura de Gertrude Stein quedó como el espejo ineludible donde siguió reflejado para siempre el esplendor bohemio de los tiempos felices de aquel París en que todo estaba permitido. De hecho, cuando un cuerpo no cabía en el lienzo se le cortaban las piernas y se pintaban al lado de las orejas. Así escribió también ella. -

Vertigo

MANUEL VICENT Que te dé un vahído después de contemplar una obra de arte se conoce como el síndrome de Stendhal. A este escritor le sucedió en Florencia al salir de la iglesia de la Santa Croce, donde se levantan los mausoleos de mármol de los artistas más insignes del Renacimiento. Ciertamente a algunas personas muy sensibles la belleza les altera el ritmo cardiaco hasta llegar al desmayo, pero a veces el síndrome de Stendhal también conduce al vértigo, a la locura e incluso al crimen y en plena alucinación un esteta se ve impelido por una fuerza interior a acuchillar un cuadro de Rembrandt o a partirle con un martillo la nariz a la Piedad de Miguel Ángel. En uno de los viajes a Grecia presencié una escena estremecedora. Un turista alemán totalmente desnudo y alucinado trataba de arrancar con una gran maza de hierro parte de una columna del Partenón para llevársela de recuerdo a casa. Poseído por un furor divino golpeaba el Partenón y al mismo tiempo parecía destruirse también a sí mismo con el afán de apropiarse de su belleza. A partir de aquel suceso, los municipales de Atenas esparcen cada mañana sacos de esquirlas de mármol por el ágora y la Acrópolis, como el que echa maíz a las gallinas, para que los turistas las recojan creyéndolas antiguas y calmen la fiebre de adornar la estantería con los despojos de aquellas ruinas sagradas. El síndrome de Stendhal se puede producir no sólo frente a una obra de arte sino también con el recuerdo de una playa o de un amor que nos llenó de felicidad en un tiempo ya lejano. Aquel viaje a una Ibiza prehippy de los años cincuenta, la travesía a Formentera en la barcaza La joven Dolores ya desguazada, aquella muchacha de la falda de flores y el rostro soleado apoyada en la borda contra el viento, las calas desnudas a las que nos llevaba la vela latina de un bote compartido con amigos se puede comparar con cualquier obra de arte. Recordar los soles tan azules de la juventud produce una dulce ebriedad como le sucedió a Stendhal, pero también puede llevar al dolor y a la cólera si al volver a aquel paraíso o a aquel cuerpo esplendoroso los descubrimos destruidos. Ahora en Ibiza han construido una autopista para que Stendhal pueda llegar un minuto antes a casa a rascarse una pierna.

Los Jueces

MANUEL VICENT En general un juez es una persona, hombre o mujer, que recién terminada la licenciatura de Derecho, alrededor de los 22 años, no tiene demasiado claro por donde va a orientar su vida. Piensa que podría hacer oposiciones a notarías o a abogacía del Estado, pero si en ese momento le hubiera tocado el gordo de Navidad con una gran descarda de millones tal vez habría montado un bar o una granja de pollos. Salvo raras excepciones, el recién licenciado se decidió a opositar a judicatura por una razón coyuntural, en cualquier caso muy alejada de la vocación sagrada de enderezar los torcidos senderos del mundo a través de la justicia. Puede que necesitara colocarse a como diera lugar, apremiado por la pareja que quería casarse o trató de complacer a su padre, que también pertenecía a la carrera o simplemente se lo jugó a los chinos con los compañeros de la facultad. De hecho, le parecía más fácil ser juez que notario porque la de juez o fiscal era una oposición que se convocaba todos los años con muchas plazas. Se encerró en casa a cal y canto hasta cebarse con cuatrocientos temas del programa sin enterarse de las pasiones que se cocían en la calle, salvo lo que oía por la ventana, y un buen día soltó como un papagayo ante un tribunal la retahíla de artículos del código que había deglutido y de no ser nadie, sin que el elector lo llamara con su voto, pasó por oposición a formar parte de uno de los tres poderes del Estado, el cual le regaló la potestad de meterle a usted en la cárcel o de llevarlo al patíbulo si hubiera pena de muerte. Nadie del tribunal le preguntó a aquel lejano opositor, que hoy por simple escalafón habrá llegado a lo más alto de la magistratura, si era demócrata, beato, conservador o autoritario, pero es evidente que el Estado tiene desprotegido ese flanco por donde puede colarse con ciertas mañas toda clase de enemigos políticos. Aparte de pertenecer a un estamento corporativo lleno de triquiñuelas jurídicas capaces de trabar la maquinaria del gobierno por pura ideología, aquellos opositores pelanas cuyo cargo es vitalicio, pueden sentar en el banquillo al presidente de la nación, decir la última palabra a la hora de interpretar la Constitución e incluso dar un golpe de Estado. Estamos en sus manos.

El odio

Manuel Vicent Cuando termine la matanza actual, el odio sucio que quede en el aire será el arma de más largo alcance en esta guerra perpetua entre Israel y Palestina. El tiempo no cuenta. Tarde o temprano estos niños de Gaza destrozados en las escuelas, los heridos rematados por bombas de racimo en los propios hospitales, las casas y mezquitas destruidas con decenas de muertos cada día fermentando bajo los cascotes, trabajo ejecutado a la perfección por el ejército israelí, uno de los más poderosos del mundo, no harán sino ahondar el pozo negro en el que se van a sepultar todos, las víctimas y los verdugos, los vencedores y los vencidos. Para saber lo vulnerable que se siente Israel, no hay más que ver con qué extrema saña, pareja a la agonía, ataca a un pueblo hacinado en la miseria, desesperado y prácticamente indefenso. Convertido en una maquinaria de guerra, con la precisión de una garra de tigre, el ejército hebreo responde a las estúpidas provocaciones de los fanáticos de Hamás con una demoledora lluvia de acero sobre Gaza para cobrarse los cadáveres al ciento por uno, que es el rédito prometido por Yavhé a los suyos. Pero no se trata de ningún triunfo. De hecho, la inseguridad radical del estado de Israel es también nuestro propio riesgo, no exento de culpa. Como el odio de los humillados es el arma de más largo alcance, cualquiera de nosotros un día puede saltar por los aires mientras esté comiendo chuletas en un asador de Madrid o tomando una copa en un café de París o de Nueva York. Si se dejan a un lado las disquisiciones de los analistas acerca de este conflicto enquistado, lo cierto es que uno no podría vivir hoy con una mínima dignidad si no denunciara este exterminio perpetrado por los israelíes contra el pueblo palestino, aunque solo sea para no despreciarse ante el espejo al afeitarse. A cualquier cataclismo de la naturaleza le sigue el silencio de Dios, que nunca reivindica a miles de muertos. Ningún creyente se escandaliza. Pero la matanza indiscriminada que Israel impone a la población civil de Gaza es una catástrofe moral y callar, escurrir el bulto, buscar motivos para justificarla no deja de ser una bajeza. Por otra parte, Israel nunca podrá vencer con las armas. Sólo la paz duradera será su gran victoria.

El tiempo

Manuel Vicent El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.