Cacería

La revolución de la derecha neoliberal consiste en aplicar la teoría de la selección natural a la sociedad. El que no pueda seguir, que se quede; el que no sea capaz de competir, que se entregue; el que tenga miedo, que huya. No pasa nada. El mercado acabará recomponiendo el equilibrio de las especies. Así sucede en la selva. Los animales viejos, débiles o enfermos son sacrificados a la ley del más fuerte. Los neoconservadores aplican este principio a la economía y a la moral. Ahora enarbolan con orgullo una triple divisa: somos los mejores; se acabaron los complejos; vamos a por ellos. En este caso ellos son los izquierdistas, los equidistantes y los tibios en general. Se creen los mejores porque suelen ser vástagos de familias influyentes, han estudiado en colegios selectos, han hecho masters en las universidades más acreditadas, poseen buenos equipos, dominan la banca y las grandes empresas y algunos incluso tienen mucho talento. Después de enmascarar tantos años de forma vergonzante la ideología de derechas bajo distintos paños civilizados, de pronto no sienten ningún complejo de sacar la cabeza de predador por el cuello de la camisa y exhibirla en el Parlamento, en los despachos y en los foros internacionales. A estos nuevos felinos se les suele ver encorbatados por la calle en grupo cuando abandonan la oficina a la hora del almuerzo y se dirigen al restaurante con el móvil en la oreja. Nunca dejan de cazar. Es probable que en ese momento estén devorando por teléfono a una presa débil, confiada. También en la sabana el plato preferido los guepardos son los antílopes cojos. Los neoconservadores van a misa los domingos con toda la familia montada en el Patrol todoterreno, que aparcan en los aledaños del templo como en los porches del cortijo cuando van a matar venados en una montería. La iglesia los bendice, les cubre las espaldas e imbuidos por esta moral realizan una política de combate sin que les detenga ningún código con tal de aplastar al enemigo. Del triple lema que los define, paradójicamente, la agresividad del grito ¡ a por ellos! es su flanco más débil. Porque trasladar a la política el espíritu de las cacerías al final todo lo contamina. El adversario acaba por contraatacar con las mismas armas y a los ciudadanos, que ya llevan a cuestas sus propios problemas de cada día, se les obliga a cargar con esta crispada contienda como una cruz de plomo de forma gratuita. Sólo por su aire colérico y montaraz la derecha puede perder las elecciones.
MANUEL VICENT 20/05/2007

Virgenes

Un día en que la iglesia del pueblo estaba desierta, siendo yo monaguillo, me encaramé en el retablo de un altar y le levanté las faldas a una Virgen. Sentía curiosidad por saber qué había debajo de aquella imagen cuyo rostro de porcelana tanto me atraía. Debajo de aquellas telas brocadas en oro había solo unos palitroques. No recuerdo haberme llevado ninguna decepción. Incluso lo encontré muy natural. En cambio, recuerdo muy bien con qué intensidad olían las flores, que por el mes de mayo los niños cantando llevábamos a Maria en la escuela donde el maestro don Ramón había montado un altar en un armario desportillado. No era el armazón montado con cuatro palos, sino aquel aroma tan pagano de las rosas, más fuerte que un eje de diamante, el que mantenía en pie a la Virgen unida a nuestros cinco sentidos corporales. El segundo domingo de mayo se celebra en Valencia la fiesta de la Virgen de los Desamparados. Más allá de la orgía religiosa que desarrollan los fieles en el Traslado o de la lluvia de pétalos que cubre a la imagen durante la procesión, ese día en mi tiempo se celebraba otro rito: aunque hiciera un frío polar, las chicas ese día se quitaban oficialmente el jersey y aparecían sus brazos desnudos hasta los hombros y bajo las telas livianas de colores se insinuaban las puntas de los senos y las curvas de las caderas. Poco importaba qué soporte hubiera debajo de la imagen de cualquier virgen si aquel domingo de mayo un joven recién salido de la adolescencia podía tomar ya la primera caña de cerveza de aperitivo en el bar Los Caracoles con una de aquellas muchachas y quedaba con ella por la tarde con ir a bailar a Chacalay para juntar allí los dos su primer sudor de primavera. Los tornados humanos que se forman alrededor de la Virgen del Rocío o de los Desamparados son fenómenos de la naturaleza muy misteriosos y no sé si vienen ya en el Nacional Geografic. Las vírgenes de mayo son orgiásticas, están unidas a la sensualidad del primer calor, no así las de septiembre, que pese a presidir el mosto de la vendimia, son más serenas y melancólicas. Si hoy llevan a un niño valenciano, el segundo domingo de mayo, al traslado de la Virgen, vestido con la camiseta del futbolista Albelda, y el gentío lo pasa en volandas entre gritos de entusiasmo para que toque a la Madre de los Desamparados, esa sensación le dejará una doble marca en el cerebro límbico, como a mí me dejaron las flores a María en la escuela cuyo perfume no puedo separar del que producían cromos del equipo del Valencia.
MANUEL VICENT -EL PAÍS

Los Toros

En los años veinte del siglo pasado había muchos aficionados que empeñaban el colchón para ir a los toros. Las disputas en los colmaos a favor y en contra del peto de los picadores, impuesto por Primo de Rivera en 1927, produjo al menos siete muertos a navaja, más que cualquier huelga o asonada frente a la propia dictadura. Siendo entonces la fiesta nacional la sustancia de la patria, el diario El Sol, el más prestigioso de la historia del periodismo español, no publicaba una sola noticia de las corridas. Ortega y Gasset era el alma intelectual de ese periódico. Pese a que participó en alguna tienta vestido de corto, más que nada para deslumbrar a alguna amiga extranjera sedienta de un tipismo no exento de moscas, y animó al torero Domingo Ortega a dar una conferencia sobre la lidia, su posición ante la fiesta era puramente académica, porque pensaba que sin los toros no se podía entender la historia moderna de España. Uno cree también que sin la Inquisición no se puede entender el Siglo de Oro ni el siglo XIX sin el bandolerismo y no por eso hay que levantar un monumento a Torquemada y al Pernales como si fueran Lagartijo o Belmonte. Si no fue Ortega y Gasset, me gustaría saber quién en El Sol decidió que Don Tancredo no era un héroe nacional ni tampoco constituía un símbolo patriótico el perro Paco, que con más reflejos que el de Paulov, se subía al tranvía en la parada del café Fornos y se iba a los toros por su cuenta y saltaba a la arena en medio de una faena para recibir el aplauso del público. En aquel tiempo en que el perro Paco era más celebrado que Ramón y Cajal, hubo alguien en la dirección de El Sol que pensó que había otra España no tan negra ni tan castiza, que comenzaba a alejarse de la sordidez de la lidia y por la que había que apostar. Era la España de la inteligencia clara y de la higiene personal, del regenacionismo social y de la salud pública, del deporte y del amor a la naturaleza, un espíritu nuevo frente al cual la corrida de toros, en el matadero mudéjar de las Ventas o en las brutales capeas de los pueblos, era la agria metáfora de nuestro atraso político y cultural. Hoy nuestros campeones mundiales de motociclismo, de fórmula I, de tenis, de golf, de baloncesto, de vela, de atletismo que izan la bandera nacional en los podios, a los que se unen los científicos españoles que son jefes de equipo en laboratorios y universidades extranjeras constituyen la patria con que la gente del diario El Sol en los años veinte soñaba, un país sin puyazos ni estocadas.
MANUEL VICENT - EL PAÍS